
El P. SANTIAGO ALBERIONE:
HOMBRE APÓSTOL MÍSTICO
Hna. M. Regina Cesarato, pddm
Nuestro Fundador, el
P. Alberione, se dejó inspirar por san Pablo y nos exhortó
continuamente a hacer lo mismo: “San Pablo, el santo de la
universalidad. La admiración y devoción brotaron especialmente del
estudio y meditación de la Carta a los Romanos. Desde entonces su
personalidad y santidad, su corazón e intimidad con Jesús, su obra
en dogmática y moral, la huella dejada en la organización de la
Iglesia y su celo por todos los pueblos, fueron temas de meditación”
(AD 64). La universalidad del apóstol está aquí referida a la doble
vertiente de la vida interior y del apostolado. El Primer Maestro
afirma además que san Pablo “fue el más acabado y fiel intérprete
del divino Maestro, comprendió y dio elaborado, con una gran
síntesis y con lógica estricta, el evangelio entero y aplicado, de
modo que la humanidad gentil encontró lo que inconscientemente
buscaba” (DF 63).
De hecho, no cabe
separar el espíritu apostólico de san Pablo de la doctrina que él
elaboró. Esto vale asimismo para el P. Alberione al contar su
experiencia de Dios, en Cristo Jesús, estrechamente conectada con su
actividad de apóstol y fundador. Estamos ante una experiencia de
“mística apostólica”: como en Pablo, así en Alberione no hay
distancia alguna entre la percepción mística de Dios, entendida como
intervención directa del Señor en su vida, y la llamada al
apostolado. La fe radiante es una forma de la vida en el Espíritu, y
su función está en ser tanto un principio de santificación como un
manantial de dinamismo apostólico.
La vida mística
entraña un particular sentido de Dios, como percepción de una
realidad absoluta cuyo amor salvífico abraza todas las demás
realidades. Esta experiencia se hace personal y permite al apóstol
Pablo conocer el misterio escondido en el corazón de Dios Padre y
manifestado ahora en Cristo con potencia de Espíritu Santo. Tal
conocimiento es dinámico, en el sentido que el Apóstol se ve
empujado a la misión de comunicar a los demás el don recibido. En
realidad el impulso recibido por san Pablo va frecuentemente
acompañado con mociones particulares que le llevan donde quiere el
Espíritu. También en este ámbito Pablo se siente “pasivo” y responde
con la obediencia de la fe.
Observando la
vivencia de algunos místicos de la acción, el estudioso jesuita P.
Bernard constata que una experiencia mística prolongada prepara a un
compromiso apostólico, y que el conocimiento surgido de la oración
ilumina la acción a emprender. De hecho, también la acción
apostólica de san Pablo está sometida a las mociones del Espíritu
Santo. Y es el mismo Espíritu Santo quien orienta al Fundador a
decidir las opciones según el proyecto de Dios, en la noche de la fe
y en el impulso de la esperanza, según las necesidades de la Iglesia
y del contexto cultural en que él vive; pero siempre a partir del
empuje inicial. En efecto, para hablar de “mística apostólica” es
necesario que el compromiso inicial implique una referencia a Cristo
y un impulso espiritual recibido pasivamente. Las formas, luego, son
innumerables.
En el caso del P.
Alberione los detalles conocidos son pocos, pues él no acostumbraba
tomar apuntes y de muchas cosas no sabe qué decir: preferiría
dejarlo todo en las manos de Dios que conoce bien hasta los
repliegues. Al igual que, por lo general, los místicos dedicados al
apostolado, el P. Alberione no hallaba ni gusto ni tiempo para
hablar de sí mismo y considerar al detalle la trayectoria de su vida
espiritual para ponerla en relación con las intuiciones habidas en
la oración. “Ser en Cristo” y el deseo de servir a la Iglesia era
para él una garantía suficiente del valor espiritual del apostolado.
En el Abundantes
divitiæ emerge el tipo de relectura que él hace de su vida
personal y apostólica; así pues, a veces son posibles las conexiones
iluminadoras entre su vida interior y su actividad apostólica y de
fundador. En dicho texto despuntan algunos acontecimientos que nos
ayudan a captar el alcance de su experiencia mística.
Desde la infancia, a
la edad de 6 ó 7 años, respondiendo a la pregunta sencilla de la
maestra… “se sintió iluminado” y respondió: “quiero ser cura”. Ello
tuvo un peso particular seguidamente (cfr. AD 9). Como en el caso de
otros apóstoles, sale a la luz enseguida la necesidad de una
coherencia indefectible entre la inspiración interior y el
comportamiento, pues el dinamismo espiritual es impelente.
Un segundo hecho se
da en la noche entre los dos siglos (1900-1901): en la oración
prolongada, Alberione toma conciencia de su misión. El
acontecimiento había sido preparado por las conferencias de Toniolo,
que mostraba la necesidad de una sociedad irrigada por las fuentes
del Evangelio, y por la encíclica “Tametsi futura” de León
XIII donde el Papa decía que el nuevo siglo había que considerarlo
en la luz de Cristo “Camino, Verdad y Vida”. En tal contexto debe
situarse la experiencia mística del jovencito Santiago Alberione:
“De la Hostia vino una luz especial…” (AD 15). Esta luz apostólica
va acompañada por otra acerca de la propia nulidad y la aseguración
indefectible que le llegaba de Jesús-Hostia. La luz venía de la
Eucaristía; pero, no suspendiendo las operaciones mentales, se
desarrollaba en las meditaciones y conducía a la idea de una
organización apostólica. El impulso que se le había dado fue
madurando gradualmente dentro de él y le condicionó totalmente:
“Desde entonces…” (AD 21). La concreción deberá seguir el orden
natural de las cosas (cfr. AD 22) y sin olvidar los
condicionamientos naturales del propio apóstol. Sin embargo, esto
ratifica cómo el impulso apostólico sea inseparable de una cierta
percepción del mundo.
La luz espiritual
busca su expresión externa. En el caso de la luz apostólica y
caritativa es la acción la que constituye dicha expresión. El
apóstol y la mística caritativa se remiten siempre al análisis de
las realizaciones concretas, lo cual hace imperfecta y aleatoria la
continuidad entre inspiración y su puesta en acto. Pero esto no
anula la validez del impulso místico inicial ni el valor del apóstol
en su compromiso. Es sencillamente que todo empeño apostólico
requiere una evaluación incesante. En el caso del P. Alberione, la
realización del impulso inicial implica una ramificación
extremadamente compleja, tanto que la continuidad dinámica parece
aleatoria (AD 59).
La experiencia vivida
del compromiso apostolico y el sentido de la creatividad nacen de la
inmersión en la realidad concreta que se impone al Fundador como una
intervención de la providencia de Dios. El P. Alberione muestra una
fina concienzación de las exigencias de Dios en su vida, y ve en las
personas y en los acontecimientos e intervenciones una guía de la
providencia divina, orientada al apostolado (AD 58-59). Esta
percepción requiere una mirada interior. En particular percibe que
todas las formas de ministerio a él confiadas son disposiciones de
Dios (AD 78); en esto la autoridad de la Iglesia representa una
mediación visible (AD 80.82). El P. Alberione vivenció la acción de
la Providencia como una experiencia constante (AD 82); es la actitud
típica del apóstol que percibe “fórtiter et suáviter” el
actuar de Dios en la historia (cfr. Sab 8,1; DF 19; AD 64. 69). Esta
acción trascendente se capta en la paciencia de aguardar la hora de
Dios (AD 43-44. 106), que entraña un aspecto de pasividad: “basta
vigilar, dejarse guiar” (AD 44). Pero esta “pasividad” no es pereza,
al contrario, implica súplicas y el ofrecimiento de la misma vida
(AD 161). Dejarse guiar por la Providencia no es posible sin la fe
en el Señor que dispone todas las cosas, en el orden de la
naturaleza y en el de la gracia (AD 43). Se trata de un principio
sin restricciones y que tiende al desarrollo de toda la
personalidad: natural, sobrenatural y apostólica (AD 146),
implicando por tanto el uso correcto de la libertad para el tiempo y
para la eternidad (AD 150. 148).
Para el P. Alberione
el apoyo fundamental está en la presencia eucarística, donde
él encuentra el manadero de toda inspiración apostólica (AD 29) y la
fuente de la unidad de la FP (AD 34). Viviendo en la doble
obediencia (Eucaristía y superiores), se instaura una
continuidad entre Cristo y su Cuerpo místico. El P. Alberione,
debido también a la experiencia de la noche entre los dos siglos,
está particularmente ligado a la adoración eucarística. El carácter
místico de recurrir a la Presencia eucarística radica en el hecho de
que él no era capaz de hacer una opción o emprender una iniciativa
apostólica sin fundarla sobre el encuentro interpersonal con Cristo
y en la luz que de ahí promana. Esta iluminación implica una
transformación en Cristo para ser su prolongación mediante la acción
apostólica (Apostolado de la Prensa, pp.54-56). Para él la
Eucaristía es inseparable de la Palabra de Dios, especialmente de
las Cartas de san Pablo. Todo esto se lo recomienda mucho el
Fundador a la Familia Paulina, y es el secreto para la vida
apostólica de todos. |