«La mano de Dios sobre mí, desde el 1900 al 1960»
–afirma el P. Santiago Alberione. «La voluntad del Señor se ha
cumplido, no obstante la miseria de quien debía ser el instrumento».
La mano
de Dios, constantemente sobre nosotros: herederos de aquella
promesa todavía luminosa de resurrección; apóstoles de Cristo
Maestro; comunicadores de la salvación universal que sigue
irradiándose en la historia, a través de todos los instrumentos que
la inteligencia humana y el progreso ponen a disposición.
La mano
de Dios sobre toda la historia que en el futuro deberá
construirse con el sí animoso de aquellos a quienes el Señor
dará el mismo carisma “apostólico” confiado al P. Alberione y que,
en san Pablo, encuentra su mismo manantial.
Sobre
nosotros una mano dulce y decidida que escribe en cada uno, en los
cotidianos y personales amén, pronunciados con la sola fuerza
del amor, una extraordinaria historia de gracia y misericordia. De
esta historia el P. Alberione se hace profeta y apóstol para el hoy,
instrumento dócil y, según dice él, conscientemente inadecuado, de
una misión, la misión paulina, que es de suyo universal, audaz,
gratuitamente “kenótica” y originariamente apostólica.
Ir,
recorriendo todo posible camino de anuncio abierto por la
comunicación.
Amaestrar,
en el sentido profundamente evangélico de llevar los pueblos y
las culturas al Maestro como discípulos que hallan en Él el
sentido de todo caminar.
Bautizar,
abriendo todo corazón al encuentro personal con el Padre.
Son los
verbos que caracterizan la misión de todo paulino/na, igual que
caracterizaron el caminar de los Doce desde Galilea hasta los
confines del mundo.
Seguimos
mirando al P. Alberione, captando en la fuerza de sus palabras
–ardientes sólo para quien sabe escucharlas hasta el fondo,
superando los obstáculos de un estilo seco o los de una memoria tal
vez atada aún demasiado al pasado o los construidos por
frases-eslogan excesivamente hinchadas–; sí, captamos la actualidad
de una profecía que pide a cada uno de nosotros, sus hijos e hijas,
una audaz renovación.
Profecía
en el P. Alberione fue su modo de vivir
La evangelización:
anuncio gratuito y universal de Cristo Palabra y Eucaristía,
hecho carne, papel, palabra, música, película…;
La comunicación:
púlpito irrefrenable desde donde difundir la Luz y la Gracia;
regazo y cultura donde inculturar el Evangelio;
La consagración:
vida injertada en Cristo, continuamente irrigada de Él; vida a
la que se ligan inseparablemente millones de otras vidas;
La oración:
unión íntima e irradiante, iluminada por la ciencia y sabiduría
de las Escrituras donde el Espíritu, en un proceso continuo,
forma a Cristo;
El tiempo:
recurso preciosísimo e imperdible para estudiar nuevos caminos
abiertos al Bien;
La unidad, no
opinable, sino esencial y constitutiva de una Familia en la que
diez estilos específicos de anuncio componen una única gran
sinfonía, en respuesta a un único carisma: vivir y comunicar al
mundo a Jesucristo Camino Verdad y Vida.
El beato
Santiago Alberione es hijo de su tiempo y Padre de cuantos se
sienten llamados a vivir plena y decididamente el propio tiempo.
Lejos de dejarnos enredados en los recuerdos, el P. Alberione
interpela con fuerza nuestras conciencias en ámbito personal y
comunitario, congregacional y de Familia.
Afirmar
como hizo él, con fuerza y anticipación en el tiempo, la
pastoralidad de una predicación desde los modernos púlpitos del
cine, radio, televisión, satélites, papel impreso e internet… es
profecía que, intrínsecamente apostólica, no puede sino querer
comunicarse en su primigenia energía a cuantos tienen aún la
valentía de pedirla.
«Aspirad
también a los dones espirituales –escribe Pablo en 1Cor 14,1–, sobre
todo a la profecía». Una profecía que se da en la profunda
conciencia de una humanidad personal pobre y frágil, como
instrumento precioso en las manos de Dios para construir, exhortar,
comunicar la luz a todos aquellos con quienes el Padre quiere
encontrarse hoy.