
ALBERIONE Y LA INVOLUCRACIÓn
DE LA MUJER EN LA PASTORAL
Sr. Angiolina Rossini, sjbp
En el tiempo de mi formación inicial, tuve la gracia de encontrarme
varias veces con el P. Santiago Alberione, ya anciano y enfermo.
Reviviendo ahora la memoria de aquellos momentos intensos, me atrevo
a escribir algo sobre la implicación de la mujer en la pastoral,
aspecto tan fuertemente querido por él.
No pretendo
hacer un comprometido análisis de los institutos femeninos por él
fundados, sino dar una mirada de conjunto que permita captar los
rasgos peculiares de la mujer en la Familia Paulina, a servicio de
la Iglesia y de la humanidad: la mujer llamada a ser apóstol(a) y
pastora, en una gran misión de anuncio del amor de Dios, revelado en
Jesucristo, muerto y resucitado.
El P. Alberione
desea una figura de mujer decididamente comprometida en todas las
dimensiones de la vida eclesial: la evangelización, la catequesis,
la liturgia, la caridad, la “cura de almas”, la orientación
vocacional, el testimonio en los lugares cotidianos de la vida,
habitados por el gozo y por el dolor, por la fatiga y por la
esperanza.
Desde su
juventud, Alberione manifiesta apreciar en particular dos
características de la mujer: la intuición del corazón y la capacidad
de hacer “viviente” cada cosa. Por eso espera de ella que se
encargue de la resanación moral y religiosa, social y económica que
la familia y la sociedad –entonces como hoy– necesitan, asumiendo la
formación de las conciencias de las jóvenes generaciones.
Cuando quiere
personas totalmente dedicadas al anuncio de Jesucristo, Camino,
Verdad y Vida, para alcanzar a todo el hombre y a todos
los hombres con todos los medios modernos, Alberione piensa
en la mujer consagrada. Tipógrafa o escritora, cocinera o
liturgista, formadora o teóloga: nada le está cerrado, con tal que
sea una mujer “santa”, es decir que se mueva en una dinámica
espiritual de conversión continua hasta que Cristo tome forma en
ella (cfr. Gál 4,19). Una persona totalmente entregada al Padre
para hacerse “toda a todos” en el seguimiento de Jesús, Maestro y
Pastor, aprendiendo de María, Reina de los Apóstoles y Pastora, y
teniendo como modelos a Pedro y Pablo. Una mujer que no actúa
individualmente, sino en nombre de una comunidad: la unión de las
mentes y de los corazones y una fuerte organización son, en efecto,
aspectos considerados fundamentales para lograr rápida y eficazmente
el fin.
Tengo la
convicción de que al beato Santiago Alberione no le interesara tanto
la “promoción” de la mujer, sino demostrar la eficacia de su
presencia y obra en la Iglesia, a servicio del Evangelio,
considerándola “el más poderoso de los medios” que la pastoral
tuviera a disposición.
Afirmaciones
éstas que, en vez de ser empequeñecedoras, subrayan la importancia
atribuida por Alberione a la colaboración hombre-mujer y, sobre
todo, sacerdote-religiosa, en la dinámica de una recíproca
complementariedad a favor del único proyecto: anunciar el Evangelio
para que la humanidad conozca la salvación y se adhiera a ella. Una
coimplicación, pues, en la misión pastoral de la Iglesia radicada en
un fuerte sentido eclesial y que se escriba con el alfabeto
de la comunión con sus Pastores.
Cabría aún decir
que la puerta de acceso al uso de los medios más rápidos y eficaces
de la comunicación y a los caminos donde se entretejen las
relaciones interpersonales, se abre en fuerza de una única intensa
pasión que se llama celo pastoral: tomar a pecho la salvación del
otro, de todos los otros, en el encuentro con el Señor de la vida.
Se trata de una
coinvolucración de la mujer en la acción pastoral de la Iglesia que
entraña corresponsabilidad y actitud a la mediación, en los modos
del ser madre, hermana, amiga, maestra, apóstol(a), pastora…:
rostros femeninos del “cuidar” a las personas, para que tengan
vida hasta rebosar (cfr. Jn 10, 10b).
Una acción
pastoral intensa, amplia, apasionada, siempre abierta a las llamadas
del devenir actual para responder a nuevas necesidades, a preguntas
siempre más complejas y a una investigación nunca terminada, para
caminar juntos, mujeres y hombres, peregrinos por los caminos del
mundo, fijando la mirada en el sentido último, en el allende
que desemboca en el Amor trinitario. |