
EL P. ALBERIONE Y LOS COOPERADORes
Domenico B. Spoletini, ssp
Al redactar algunos
de los apuntes que constituyen el libro Abundantes divitiæ
gratiæ suæ, el P. Alberione debe haber experimentado más de una
pena que, a veces, como en el número 25, objeto de nuestra
reflexión, se manifiesta claramente. Está refiriéndose a la primera
de las ramas de lo que será después la Familia Paulina. Ésta nació
como por coincidencia, estando a cuanto contó él mismo en una
meditación a las Pastorcitas. Nos encontramos en mayo de 1908:
mientras desempeña una breve suplencia pastoral, Alberione empieza a
divagar sobre “posibles” fundaciones y habla de ello a su amigo y
confidente, el canónigo Francisco Chiesa. Éste le responde: “Haz
como dice el Evangelio: "annuerunt sociis", junto con otros
podrás salir adelante”. Y así fue. Las obras del P. Alberione son el
fruto de mucha y variada colaboración: desde la vocacional a la
económica, intelectual y espiritual. Hubo inclusive personas que
ofrecieron la propia vida para que la obra naciera vigorosa y
fecunda. Protagonistas del desarrollo paulino fueron muchísimos
“cooperadores” que generosamente secundaron la actividad del
Fundador. Los hubo de toda edad y condición social.
Enseguida después de
las primeras dos fundaciones (SSP en 1914 y FSP en 1915), llegó la
vez de los laicos –un sueño al que nunca renunció– y en 1917 obtuvo
la aprobación de su obispo, monseñor Francisco Re. La Asociación se
constituía bajo la protección de san Pablo apóstol y tenía por fin
específico favorecer la Buena Prensa, con la oración, las ofertas,
las obras: «escribir, difundir la buena prensa, combatir la mala».
Su sede quedaba establecida cabe la Pía Sociedad de San Pablo y
tenía como órgano oficial la revista «Unión Cooperadores Buena
Prensa».
Desde entonces la
cooperación se intensifica y empieza a presentar una fisonomía más
concreta, precisamente Cooperadores de la Buena Prensa. Es el
preludio de los Cooperadores que difundirán el Evangelio con la
Familia Paulina utilizando todos los medios de la comunicación. En
el volumen “La primavera
paulina”, che
reproduce los textos del boletín “Unión Cooperadores Buena Prensa
desde 1918 a 1927”, se revive aquella epopeya que aún hoy nos llena
de estupor.
Entre tanto, el P.
Alberione va afinando cada vez más su pensamiento en este campo. En
1960, en el encuentro internacional de Ariccia, enumera a los
Cooperadores entre las instituciones que constituyen la Familia
Paulina... «Todos juntos forman una unión de personas que se ayudan
mirando a promover “la gloria de Dios y la paz de los hombres”,
según el ejemplo de san Pablo».
EI diálogo de la
Familia Paulina con sus Cooperadores merece un capítulo a parte.
Puntualmente el P. Alberione, por más de 50 años, estuvo presente,
sea desde las páginas del boletín «Cooperador Paulino», sea desde
las de «Vida Pastoral», la revista para el clero. Tanto a los
cooperadores laicos, como a los cooperadores sacerdotes, les confió
sus proyectos, sus penas, sus gozos, como un buen padre con los
propios hijos. Frecuentísimamente les pidió generosa ayuda para la
construcción del Templo a san Pablo en Alba (la iglesia de los
Cooperadores), para la difusión del Domingo ilustrado, y
luego de la revista Familia cristiana (en cuya difusión
recibió gran colaboración), y para completar la Casa Divino Maestro
de Ariccia. Pero la cooperación más deseada y más solicitada
concierne a las vocaciones y a la colaboración directa en nuestro
apostolado: escribir, difundir, hacer llegar a todos el mensaje de
la salvación con los medios de la comunicación.
Sólo Cooperadores
formados en el espíritu de san Pablo, como los quería el P.
Alberione, podrán sentir la urgencia de esta misión y, para
corresponder a ella, encontrar nuevos caminos de colaboración, de
organización y de involucración.
Hoy, en un mundo
radicalmente cambiado, se plantea el problema de cómo organizar a
los Cooperadores paulinos para que sigan respondiendo al ideal del
Fundador que les quería partícipes en la vida de la Familia Paulina.
Logrando tal meta, se podrá dar por superada definitivamente la
sutil, y algo desilusionada, “constatación” de diciembre de 1953,
expresada por el P. Alberione en Abundantes divitiæ (cfr. AD
25). |