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EL BEATO SANTIAGO ALBERIONE Y
EL
VENERABLE
FRANCISCO CHIESA:
UNIDOS EN
EL SACERDOCIO
P. Antonio F. da Silva, ssp
El
beato Santiago Alberione tuvo siempre en altísima consideración la
vocación y el ministerio sacerdotal. Encontró y trabajó con muchos
sacerdotes, sea de la diócesis de Alba, sea de su propia Familia
religiosa. Pero el binomio sacerdotal Chiesa-Alberione ocupa un
puesto incomparable en el siglo vigésimo.
El P. Luis Rolfo,
hasta ahora el más acreditado biógrafo del Fundador de la Familia
Paulina, afirmaba con fuerza:
«Es preciso decir,
ante todo, que [el canónigo Chiesa] formó el P. Alberione. Creo
poder afirmar que así como la Iglesia de Turín no hubiera tenido un
Don Bosco, si no hubiese habido un don Cafasso, así tampoco la
Iglesia de Alba tendría un P. Alberione, sin un canónigo Chiesa.
El P. Alberione es
una creatura suya. Influyó sobre él no sólo con los consejos, no
sólo con las orientaciones, como director espiritual, como confesor,
como maestro, sino principalmente como modelo».
Repetidamente el P.
Alberione recordó el impacto que el sacerdote Francisco Chiesa le
había causado en los primeros días de su estancia en el seminario de
Alba. Resulta significativo al respecto, este punto de su deposición
en la causa de beatificación y canonización:
«Cuando entré en el
seminario, desconocedor de todo, me dirigí a un seminarista para
saber quién era aquel sacerdote tan recogido que inspiraba sencillez
y candor. Y él me respondió diciendo: “Ése es el sacerdote de la
Virgen”».
En la misma
declaración afirmó: «…luego le tuve como profesor de filosofía y más
tarde de teología; también fue mi profesor de sociología, y en el
curso de moral (bienal a la sazón) me enseñó arte sacro, elocuencia
y pastoral».
En 1960, ante los 120
paulinos de la primera hora, el P. Alberione, ya a punto de entregar
el testamento de la vida, pudo releer la historia de la Familia
Paulina en estos términos: “La historia de las misericordias de Dios
sobre nosotros. La mano de Dios sobre mí. Cómo nos ha guiado”.
Y bien, el vivir y
considerar la historia en esta luz forma parte de toda la existencia
del P. Alberione, que desde joven había aprendido del canónigo
Chiesa a entrar en la escuela de la historia, especialmente
considerando los acontecimientos de la actualidad a la luz de la
Eucaristía, ante el sagrario. Era en la escuela de Jesús Maestro
eucarístico donde la historia se hacía para él maestra de la vida.
Estimulado por las
enseñanzas eclesiales de la época, como por ejemplo las de José
Toniolo, que ponían en la Eucaristía, sacramento del amor, el
porvenir de la sociedad, el P. Alberione pasaba del sacramento de la
unidad a la unificación de todas las cosas en Cristo.
Esta espiritualidad
de la historia de la salvación ha permitido al P. Alberione, incluso
en las peligrosísimas circunstancias de 1937, denunciar “la moderna
estatolatría” y afirmar con valentía ante el nazismo, el fascismo y
el bolchevismo:
«Para destruir basta
el odio; para edificar se necesita fe y amor.
A la Iglesia no se le
prometió que Dios destruiría a todos sus adversarios, sino que la
Iglesia no será destruida por ningún poder del infierno. Vuelve
siempre la palabra del Maestro acerca de la cizaña: se verá bien la
conclusión final sólo cuando los ángeles separarán a buenos y malos.
El estudio de cualquier verdad tiene tres momentos históricos:
tesis, crisis, síntesis. Hoy en día demasiados se sienten
bamboleados por la crisis. Sintetizar y universalizar quiere decir
encontrar a DIOS, a Jesucristo, la Iglesia, la gracia. En Jesús,
Camino Verdad y Vida».
Durante todo el
periodo de la formación del P. Alberione, en la Iglesia y en la
sociedad se habían producido “profundas agitaciones” (AD 48):
turbación y desorientación causadas por el modernismo, por los
nuevos descubrimientos y por los graves males sociales. Afirma él:
“Estas cosas y experiencias, meditadas ante el Santísimo
Sacramento... Todo había servido de escuela y de orientación” (AD
56).
Tales
declaraciones del P. Alberione nos llevan a entender la importancia
de su afirmación sobre el método de orar, de origen eymardiana [de
san Pedro-Julián Eymard], pero
bebido en
el canónigo Chiesa:
“Del
canónigo Chiesa había aprendido a transformarlo todo en objeto de
meditación y de oración ante el Maestro divino, para adorar, dar
gracias, propiciar, pedir” (AD 68).
Estos tradicionales cuatro fines del
sacrificio eucarístico llegaron a ser para el joven Alberione método
de oración y un válido sistema de vida y de pastoral atento “a las
nuevas necesidades” de la humanidad (cfr. AD 49).
El P. Rolfo afirma: “Creo que el
canónigo Chiesa estaba persuadido, como el P. Alberione, de la
necesidad y eficacia de la prensa y que le gustaba trabajar por ella
no menos que él”.
Más aún, en la deposición canónica el
P. Alberione afirma que, después de la proyección de alguna
película, el canónigo Chiesa exhortaba a orientarse hacia el
apostolado del cine, que parecía inclusive más eficaz que el
apostolado de la prensa; y añade: “Puede decirse que en él se diera
como una intuición de lo que iba a suceder, intuición que yo
atribuyo a su espíritu de oración”.
Estas pocas referencias nos permiten
intuir lo mucho que el canónigo Chiesa ha contribuido en la
formación del ideal de misión y celo sacerdotal vivido y propuesto
por el P. Alberione a su Familia Paulina:
«Acción y oración orientaron hacia un
trabajo social cristiano que tiende a sanear gobiernos, escuelas,
leyes, la familia y las relaciones entre las clases y entre las
naciones. Para que Cristo, Camino, Verdad y Vida, reine en el mundo.
La Familia Paulina tiene en esto una amplia tarea y responsabilidad»
(AD 63).
Más de una vez el P. Alberione
consideró al venerable Francisco Chiesa como “padrino de la Familia
Paulina”. Por su parte, el canónigo Chiesa veía en el desarrollo de
la Familia Paulina una realización de su propia misión sacerdotal,
pues se consideraba un auténtico paulino, como confesó al P.
Alberione en el lecho de muerte. Lo sabemos por su testimonio en la
causa canónica de beatificación y canonización, cuando repite las
frases que Chiesa le dijo en aquel solemne momento: “Es verdad que
he sido siempre paulino y nunca me he arrepentido de ello”.
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