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EL P. ALBERIONE inédito
en el recuerdo de la hna. assunta bassi, fsp |
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Dal Documentario: «Un
giorno indimenticabile»
Don Giacomo
Alberione celebra la messa in Santuario
in occasione del suo 80° compleanno
In occasione dell'ottantesimo genetliaco
del Primo Maestro il S. Padre Paolo VI ha inviato, un
venerato Autografo, che Sua Em. il Card. Ildebrando
Antoniutti, Prefetto della S. Congregazione dei Religiosi
ha letto, dopo la Messa celebrata dal Primo Maestro, nel
Santuario della Regina Apostolorum, il
4 aprile 1964 alle ore 10,30.
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Versione .mov
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Testo: |
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ABUNDANTES DIVITIAE GRATIAE SUAE,
n. 63
ITA -
ESP -
ENG
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BRA
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EL P. ALBERIONE inédito
en el recuerdo de la hna.
assunta bassi,
fsp
La primera vez que vi al P. Alberione, “tan pequeño, delgado y ya
algo giboso”, quedé muy desilusionada. Pero sus palabras,
pronunciadas en los Ejercicios espirituales de tres días (1928) me
produjeron un fuerte impacto: “La predicación con la prensa es
pastoral como la homilía que se tiene en la iglesia, y nos consiente
llegar a más gente. Inclusive a quienes no van a la iglesia”.
Este discurso introducía una novedad
en la acción pastoral de la Iglesia; novedad que el Primer Maestro
pagó personalmente con la incomprensión y el sufrimiento, aunque
tampoco le faltaron apoyos y ayudas.
Cuando en 1927 llegué a Alba, nuestra
Congregación tenía 12 años. El Primer Maestro era joven (43 años),
era un líder; pero los suyos (sacerdotes y jóvenes) nutrían por él,
junto a veneración y afecto, cierto respeto y temor.
Se mostraba más bien rústico. No
permitía que le besaran las manos. Era de pocas palabras. Andaba
siempre recogido en sí mismo, y ligero.
Su mente parecía estar siempre
“ocupada” por un pensamiento constante que no le concedía evasiones,
aunque a veces sí participaba sonriente en los recreos nuestros y de
los muchachos, y escuchaba complacido los “chistes”.
“¡No perdamos tiempo!”, era una de
las frases que gustaba repetir. Su preocupación por “no perder
tiempo”, causó a veces fastidio porque parecía dar más importancia
al trabajo que a la acogida de las personas.
Cuando el Primer Maestro asumía
actitudes “fuertes”, a mí se me ocurría preguntar: “¿Tendrá motivos
comprobados o se dejará influenciar?...”; y le expuse esta mi duda:
“Primer Maestro, ¿es una convicción suya o alguien se lo ha contado?
Perdone, pero me surge esta perplejidad”. Y él se limitó a
responderme: “¡Oh! ¿sí?”.
Experimenté su humilde participación
en mi sufrimiento cuando, siendo aspirante, me hospitalizaron. Vi su
sensibilidad misericordiosa con un sacerdote diocesano, víctima de
demencia senil que, cayéndosele los pantalones debajo de la sotana,
estaba allí, en la plaza San Pablo delante de nuestra puerta y no
sabía qué hacer. Con un ademán comprensivo y respetuoso, el Primer
Maestro le salió al encuentro, le acompañó lentamente a nuestro
recibidor y con gesto materno le arregló la ropa y le reacompañó
fuera.
Podría contar muchas pequeñas
circunstancias en que el Primer Maestro mostró atenta comprensión
con las enfermas y preocupación ante la fatiga que se procuraban las
propagandistas. También expresaba preocupación por los peligros a
que estaban expuestas las religiosas en la propaganda y en la
librería.
Pero la imagen que se me ha quedado
impresa más vivamente en mi ánimo es la del Primer Maestro, ya
avanzado en los años, arrebujado en sí mismo, consciente de haber
sido escogido por Dios para una misión de la que debería dar cuenta
al propio Dios. Y su frecuente pregunta velada de tristeza: “¿Qué se
puede hacer?”.
Vuelvo a ver las chispitas de luz que
saltaban de sus ojos al escuchar una buena noticia apostólica, y sus
“saltos impacientes” ante una resistencia o una lentitud...
Cuando se planteaban dificultades o
se hacían objeciones respecto al “carisma paulino”, reaccionaba con
fuerza. Creo que tuviera un temperamento fácil a la ira. Yo le
admiraba por su capacidad de control. Pero cuando no lo lograba, me
consolaba pensando que el Señor deja límites y ocasiones de fallar
incluso a los santos.
El Primer Maestro daba la impresión
de ser un hombre “atormentado” que no lograba exteriorizar su
“pensar” y su “sentir”.
Seguía diciéndonos que buscásemos los
modos para alcanzar a un mayor número de personas, con medios
aún más rápidos, ahorrando tiempo y fuerzas físicas, aplicando
mayormente la inteligencia y mejorando la oración, en particular la
hora de adoración para tener una más profunda sensibilidad ante las
necesidades de la humanidad. Una mañana, estábamos en el recibidor y
el P. Alberione hablaba de estas cosas; llegó un momento en que
dijo, bajando los ojos: “Es preciso hacer bien la hora de adoración
porque las necesidades de la humanidad se entienden estando de
rodillas. Se comprenden en Jesucristo”. Luego mirando a lo alto,
añadió: “Jesucristo es el libro donde todo está escrito!”.
No tengo palabras para describir la
expresión de su rostro y el timbre de la voz al decir: “todo está
escrito”.
Luego empezó, tímidamente, a hacer
propuestas. “Se podría ver, decía, cómo acercarse a los responsables
de la cultura, de la pastoral, los centros directivos de los i
diversos servicios y movimientos y, a través de ellos, llegar a
muchos otros. Por ejemplo: en vez de ir a proponer la biblioteca
escolástica en cada clase, fijar una cita con el responsable;
proponer un contingente de libros adecuados y bien seleccionados y
así abastecer mediante él todas las bibliotecas de las diversas
clases. Hay casas editoriales que ya lo hacen así. O, por lo menos,
habría que ir a las direcciones didácticas provinciales y proponer
la adopción de algunos libros para todas las bibliotecas
escolásticas de la provincia”.
En él era viva el ansia apostólica y
la profunda convicción: “El vuestro ha de ser un trabajo apostólico
convencido que tiende a resanar los gobiernos, la escuela, las
leyes, la familia, las relaciones entre las clases sociales. La
Familia Paulina tiene [en esto] una amplia tarea y responsabilidad”
(cfr. AD 63). |