 
EL
P. ALBERIONE Y LAS VOCACIONES
Hna. Marialuisa Peviani, Hna. Lorenza
Favetta, ap
Podemos
profundizar el tema del cuidado que el P. Alberione dedicó a las
vocaciones comenzando por su convicción básica: Dios llama a todos,
y a todos, sin exclusión; hay que hacerles llegar el buen anuncio de
la vocación en sus variadas formas. Ayudando a cada uno a descubrir
el propio lugar, se le ayuda a descubrir su propia verdad para un
pleno desarrollo de toda la persona. Repetidas veces afirmó el
primado del “problema vocacional”, como suele llamarlo, para la
Iglesia y para el mundo. Su actitud es profundamente evangélica,
pues no se detiene en el aspecto problemático de la necesidad de
vocaciones: al contrario, encuentra mayor empuje en el compromiso de
alcanzar a todos los hombres mediante lo que para él es el “trabajo
fundamental en la Iglesia”.
Otro
aspecto prioritario para el P. Alberione es la estima de las
vocaciones como señal de Dios: «a nosotros nos concierne sólo
conocer y ayudar la vocación, no el crearla».
Aquí, como en tantos otros casos, es evidente que él se basa en una
clara teología de la vocación. Consiguientemente afirma:
«La vocación es
obra del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en un alma para el
bien de la Iglesia. No me refiero sólo a la llamada, sino también a
la correspondencia y a nuestra consumación en Cristo Jesús hasta el
cielo. Interviene el Padre: la vocación no empieza a los doce o a
los quince o a los veinte años, sino que está en la mente de Dios;
es el acto de amor particular cuando Padre e Hijo y Espíritu Santo
convienen, digamos así, en el eterno consejo. Convienen en el
pensamiento y en la decisión: hagamos un alma elegida para el bien
de la Iglesia y a servicio de la salvación de toda la humanidad».
El amor del Primer Maestro
por las vocaciones es inventivo –como observaba el P. Roatta en una
conferencia– y son muchos los medios que la fantasía inspirada del
Fundador ha sabido encontrar, desde los diminutos hasta la fundación
de Instituciones estables como las Hermanas Apostolinas, la Pía
Unión de “Oración, sufrimiento y caridad por todas las vocaciones” y
el Santuario Regina Apostolorum en Roma.
Sigue siendo muy
actual lo que él manifiesta como fruto de su experiencia:
«El problema del
porvenir… constituye en definitiva el tormento de toda alma. Es por
tanto gran caridad ayudar a los jóvenes a plantearse la pregunta:
“¿Y tú qué harás”. Se debe hacer comprender a los jóvenes que si es
importante saber escoger y acertar la propia carrera, el propio
oficio, lo es mucho más la elección del propio estado. Rezar e
iluminar a las almas para la solución de este problema fundamental
es algo grande, una exquisita bondad y meritoria caridad. Trabajar
por las vocaciones significa servir a la Iglesia. El problema
vocacional es el principal problema de todo hombre, es el problema
más actual y urgente de la Iglesia».
Respecto a
las modalidades concretas para ejercer el apostolado vocacional en
la Iglesia, el Fundador se apela directamente a las referencias
fundamentales de la Familia Paulina como a verdaderos y propios
modelos vocacionales.
«Hay innumerables
métodos, enseñanzas que atañen al cultivo y la búsqueda de las
vocaciones. Pero en primer lugar hemos de mirar a Jesús, cómo hizo;
a la Reina de los Apóstoles, es decir de los llamados al apostolado,
a todos los apostolados; y a san Pablo, que imitó a Jesús tan
perfecta y santamente hasta poder decir que fue de veras el
discípulo modelo».
→ Fundamental
para el P. Alberione es la referencia a Jesús Maestro y Pastor
Camino Verdad y Vida, el primer Vocacionado y el primer Animador
vocacional.
«Nosotros invocamos a
Jesús Maestro y, generalmente, al hacerlo tenemos la intención de
vivir su vida; por eso decimos camino, verdad y vida, o sea todo
nuestro ser. Sirva esto, en modo particular, para concentrar el
pensamiento en este fin: que Jesús sea nuestro camino, o sea el modo
de buscar y formar las vocaciones.
Cuando se habla de
apostolado, en primer lugar, debemos hacerlo para nosotros. Que el
Maestro divino, cuando salió de su vida privada – sí: “Yo soy el
Camino”– nos enseñe el camino que él siguió. Segundo, “Yo soy la
Verdad”: las cosas que deben decirse respecto a la vocación, a la
altura, a la nobleza, a la preciosidad de la vocación, de la vida
religiosa y del apostolado, la verdad que persuada. Y tercero, “la
Vida”: que Jesús nos acompañe con su gracia y tengamos tanta en el
corazón que atraigamos las almas a Dios […]».
→ María
Reina de los Apóstoles es otra referencia esencial para la
espiritualidad vocacional.
«María es como la
madre de las vocaciones, y es quien ayuda en su formación. El
apostolado vocacional, después del de Jesús, puede decirse que
comenzó con María… Hemos de recordar cómo María ayudó a aquellas
vocaciones de las que Jesús la había hecho madre, y cómo cuanto los
apóstoles no habían aprendido a entender en tres años, lo
comprendieron cuando bajó el Espíritu Santo, invocado constantemente
por María y por ellos mismos».
→ El P.
Alberione entrevé la necesidad de anunciar el “Evangelio de la
vocación” (Pastores dabo vobis 34) según el espíritu y con la
manera incansable de san Pablo. Siempre asoció a san Pablo
con la dimensión vocacional, viéndole precisamente como el hombre
de las vocaciones y como el gran intercesor por las vocaciones.
«¿Cómo van a oír
la palabra de Dios si no es proclamada? Se lo pregunta claramente
san Pablo (cfr. Rom 10,14-15.17). ¿Y cómo podrá ser predicada si no
hay vocaciones que van a anunciarla?».
La oración
del “padrenuestro vocacional”
Encontramos aquí la
amplitud y la belleza de la visión eclesial y universal del
Fundador: la atención a todo el pueblo de Dios, a todas las
vocaciones y a todo el camino de la persona: desde el despuntar
del germen vocacional hasta su cumplimiento; y está clara la llamada
a la responsabilidad y a la colaboración de todos
(familia, escuela, comunidad cristiana).
El P. Alberione desea que
todos comprendan la invitación de Jesucristo: “Rogad al dueño de
la mies para que mande obreros…” (Mt 9,38). Frente a las
inmensas necesidades de la mies, en contraste con la escasez de las
fuerzas a disposición, es preciso suscitar interés y pasión por las
suertes del Evangelio, para que nadie haga faltar el propio aporte y
pueda resonar doquier la invitación misionera.
Concluimos con una rápida
mirada al P. Alberione como animador vocacional.
–
Hombre de oración y de escucha de la voz de Dios,
recomendaba: «Ante todo hay que
cuidar la oración, pues si se lanza una palabra, si se hace una
invitación, irán acompañadas del Espíritu Santo, porque es él quien
da la vocación».
–
Hombre de la Palabra y de la Eucaristía,
orientaba la mirada de cada uno a la presencia fiel de Dios, al «Yo
estaré contigo siempre» y recomendaba «anclarse en el Sagrario».
–
Hombre sabio,
alentaba y daba confianza, valorando la creatividad y el espíritu de
iniciativa de cada persona. Comprometía a recorrer un camino
gradual, fiándose totalmente del trabajo de Dios en la vida de la
persona y tratando de colaborar con la acción de la gracia. Sabía
respetar los signos de Dios y se ponía a servicio de la
libertad de respuesta de cada vocacionado.
En
particular el P. Alberione proponía tres medios para comprender la
voluntad de Dios:
«a)
Oración, para que la luz de Dios penetre el alma. […] b)
¡Pensar! La elección de estado y la consiguiente
correspondencia es el gran problema de la vida. De su solución
depende la serenidad en la tierra y ordinariamente la eterna
felicidad […]. c) Aconsejarse
con una persona que sabe, que ama, que busca el auténtico bien».
Así que los criterios de
la animación vocacional, según el P. Alberione, son los que él
indicó siempre: gratuidad en el obrar, involucrar la totalidad de la
persona, tener un corazón universal.
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