El P.
Alberione y el sacerdocio paulino
Padre Silvio
Sassi
Este año es el
centenario de la ordenación sacerdotal (29 de junio de 1907) del
beato Santiago Alberione. Aprovechamos la ocasión para reflexionar
sobre un aspecto fundamental de la vida y de la actividad
ministerial de nuestro amado Fundador.
1. El P. Alberione,
sacerdote diocesano
1.1. Según su propio
testimonio, el P. Alberione considera como “la primera luz clara” de
su vocación sacerdotal la respuesta dada por él a su maestra de
primer curso elemental cuando ella preguntó a los niños acerca de su
futuro: “Quiero ser cura” (AD, n. 9). Tal afirmación “le
trajo algunas consecuencias: el estudio, la oración, los
pensamientos, el comportamiento y hasta los recreos se orientaban en
aquella dirección” (Ib, n. 9).
El 25 de octubre de
1896, el joven Santiago entra en el seminario menor de la diócesis
de Bra, donde permanecerá cuatro años frecuentando los cursos
de bachillerato (1896-1900). En abril de 1900, los responsables del
seminario aconsejan al joven seminarista volver definitivamente a
casa, con toda probabilidad debido a una crisis inte-rior acompañada
por la avidez de toda clase de lecturas. En octubre de 1900, a sus
16 años, Santiago entra en el seminario de Alba con el fin de
evaluar su vocación al sacerdocio.
1.2. Apenas dos meses
después del ingreso en el seminario albés, la noche entre el 31 de
diciembre de 1900 y el 1° de enero de 1901, aconteció un hecho
determinante para el resto de la vida del joven seminarista. En
Abundantes divitiæ gratiæ suæ (=AD), el proprio P.
Alberione describe la importancia que tuvo aquella noche de
oración: “La noche que dividió el siglo pasado del corriente fue
decisiva para la misión específica y el espíritu particular con que
[la Familia Paulina] habría de nacer y vivir su futuro apostolado”
(n. 13). Pidiendo por las necesidades de la Iglesia, y meditando en
los análisis de los sociólogos cristianos y en la potencia de la
prensa, llega a esta conclusión: “Se sintió profundamente obligado a
prepararse para hacer algo por el Señor y por los hombres del nuevo
siglo, con quienes habría de vivir” (n. 15).
Esta fuerte
experiencia interior tiene que echar las cuentas con la sucesiva
vida ordinaria del seminario. El Diario, escrito a la edad de
18 años, es un útil documento para entender la búsqueda del joven
seminarista que vive en un constante conflicto entre la entrega
total a Dios y las experiencias opuestas.
En los años de
preparación a las órdenes sagradas, el clérigo Alberione es
dirigido espiritualmente por el canónigo Francisco Chiesa. Aparte
del estudio intenso de la teología, se dedica a la enseñanza del
catecismo, a la difusión del Evangelio y a tomar parte en
conferencias y cursos de sociología cristiana.
El 24 de junio de
1906, Santiago Alberione es admitido a la tonsura y las cuatro
órdenes menores (ostiariado, lectorado, exorcistado y acolitado);
cinco días después, el 29 de junio de 1906, recibe el
subdiaconado; el 14 de octubre de 1906 es ordenado diácono
y el 29 de junio de 1907 recibe la ordenación sacerdotal.
En el período
sucesivo, el P. Alberione obtiene el doctorado en teología en
Génova (10 de abril de 1908) y desempeña, por algunos meses, el
ministerio pastoral como vicepárroco en la parroquia de San
Bernardo en Narzole; en octubre de 1908 el obispo le llama al
seminario confiándole los cargos de director espiritual y
profesor. Para la enseñanza de la liturgia el P.
Alberione se prepara leyendo libros y publicaciones de aquel tiempo
(cfr. AD, nn. 71-74), que le habilitan para asumir también el
oficio de maestro de ceremonias, sacristán en el seminario,
ceremoniero del obispo y compilador del ceremonial. Enseña también
Arte sacra, pudiendo así documentarse con libros, revistas,
visitas y conferencias sobre el tema. Continúa asimismo la enseñanza
de la catequesis en la catedral y en la parroquia de
los Santos Cosme y Damián, perfeccionándose con el estudio de la
pedagogía aplicada a la catequesis. Un particular compromiso y
estudio le exige al P. Alberione el acompañamiento de los jóvenes
sacerdotes en el ministerio pastoral: para enseñar bien, lee
cuanto puede serle útil, sirviéndose en particular de dos autores de
teología pastoral: Swóboda y Krieg (cfr. AD, n. 84).
Otra intensa
actividad que ocupa aquel período es la tarea social:
participa en conferencias y congresos, entra en contacto con
organizaciones católicas y con personas destacadas en la acción
social de los creyentes, interviene en el semanario diocesano
Gazzetta d’Alba y, en campo abierto, por varios años, para
favorecer directamente “las elecciones de los candidatos sostenidos
por los católicos” (AD, n. 62).
1.3. Las clases del
curso 1911-1912 llevan al P. Alberione a redactar Apuntes de
teología pastoral (=ATP), libro circunscrito sólo a los
seminaristas. Juntando las sugerencias obtenidas de 18 párrocos de
las diócesis adyacentes y lo aprendido en libros, revistas, tratados
y opúsculos acerca de la pastoral, el P. Alberione prepara este
texto para ayudar a los sacerdotes a “resolver los dificilísimos
problemas que las condiciones de nuestros tiempos han creado a los
pastores de almas”. En 1915 una nueva edición corregida saldrá al
público con la presentación del cardenal de Turín; la finalidad que
el autor busca es ofrecer “a los jóvenes sacerdotes una guía que con
la mayor sencillez dirija sus primeros pasos en la vida pública,
pero que sea una guía práctica y segura”.
Describiendo la
acción pastoral del sacerdote diocesano, el P. Alberione precisa
que “el cristianismo no es un conjunto de ceremonias, de actos
externos, de reverencias, etc: es una vida nueva”… “Es necesario que
el hombre sea cristiano no solamente por el bautismo, no solamente
en la iglesia, sino en casa, en la familia, en la sociedad” (ATP,
81-82). Para esta pastoral integral se necesita un sacerdote que
salga de la sacristía: “¿Cómo se puede hacer el bien a quien no se
conoce? ¿Cómo nos van a buscar si no nos conocen?” (Ib, 84).
El párroco debe ir a las almas: “El párroco es pastor de todos; debe
saber dejar las noventa y nueve ovejas seguras en el redil e ir en
busca de la descarriada, y más aún cuando las ovejas seguras son un
pusillus grex y las descarriadas las más numerosas” (Ib,
86).
Para reforzar la
predicación desde el púlpito, el P. Alberione propone a los
sacerdotes diocesanos proveer a sus feligreses de libros y buenas
revistas, creando incluso una biblioteca circulante, pues “un buen
libro es un amigo fiel, un predicador que se deja oír en los
momentos más oportunos” (Ib, 339).
1.4. En 1915, editado
ya por la Escuela tipográfica “Pequeño Obrero”, el P. Alberione
publica La mujer asociada al celo sacerdotal (=DA). En
la introducción, el autor explica haberse inspirado en monseñor
Mermillod, que decía a las mujeres: “Vosotras debéis ser apóstoles”,
y en Frassinetti, que les señalaba cómo están llamadas “a un casi
sacerdocio, a un verdadero apostolado”.El libro está dirigido al
clero y a la mujer para que ésta, colaborando con la actividad
pastoral del párroco, se convierta en auténtico apóstol.
Describiendo al
sacerdote, el P. Alberione se pregunta: “¿Cuál es la misión del
sacerdote en la tierra? ¿Salvarse? Demasiado poco. ¿Hacerse santo?
Demasiado poco aún. ¿Cuál es, pues? Salvarse él mismo, pero
salvando a los demás… El sacerdote es el hombre de los demás”
(DA, 14). Y un poco más adelante: “Quien redujera su vida
sacerdotal a la misa y al breviario; o bien quien escribiera en la
propia bandera y tomara como lema sólo estas palabras: Yo-Dios,
ese tal no sería un sacerdote: le iría mejor el claustro, donde
podría santificarse y quizás con la oración santificar a los demás;
pero no la vida del sacerdote secular” (Ib, 16). Citando
después a Pío X, el P. Alberione precisa: “Al sacerdote no le
basta una santidad individual, es preciso trabajar en la viña del
Señor. Téngase, pues, como lema: Yo-Dios-Almas-Pueblo” (Ib,
16-17).
A la santidad social
del sacerdote corresponde asimismo la necesidad de ser el pastor de
todos, no sólo de los pocos fieles que espontáneamente van a la
iglesia (cfr. DA, 19-20). Y precisamente para poder alcanzar
a todas las personas y todos los ambientes, el sacerdote necesita la
acción complementaria de la mujer, valorizando el empuje feminista
del tiempo: “La mujer de hoy debe formar a los hombres de hoy, debe
socorrer las necesidades del hombre de hoy, debe servirse de los
medios de hoy” (Ib, 38).
Una de las obras
realizadas por las mujeres en la parroquia es el compromiso de
“difundir la prensa buena y quitar la mala” (Ib, 193),
constituyendo bibliotecas circulantes (Ib, 194) y rezando
todos los días a san Pablo, protector de la buena prensa (Ib,
164-165).
1.5. Con su actividad
de enseñanza y con sus primeros escritos, el P. Alberione promueve
una visión y una praxis completa de la vida cristiana; la
misión auténtica del sacerdote diocesano, que se santifica él
mismo en la búsqueda y el compromiso a favor de todas las almas; una
valoración de la mujer para llegar a todos y con todos los
medios, incluidas la buena prensa y las bibliotecas
circulantes.
Como puede notarse,
la gran sensibilidad pastoral del P. Alberione halla su primer
ámbito de aplicación en el ministerio del sacerdote diocesano, al
que imprime una manera nueva de ejercicio. Sin embargo, mientras
desarrolla esta tarea preciosa de reforma pastoral, el P. Alberione
mantiene viva la experiencia de la “noche de luz” y cultiva en sí
mismo la necesidad de alcanzar a los lejanos mediante una forma que
puede llegar doquier: la prensa.
El 8 de septiembre de
1913, el obispo de Alba da su consentimiento para que el P.
Alberione asuma la dirección del semanario diocesano Gazzetta
d’Alba: “El obispo, cuando se trató de empezar, hizo sonar la
hora de Dios (esperaba el toque de campana), encargándole de
dedicarse a la prensa diocesana, lo cual le abrió el camino al
apostolado” (AD, n. 30). De ese modo la sensibilidad pastoral
del P. Alberione se dilata valorando la potencia de la prensa en
favor del Evangelio.
Bien pronto el
obispo libera al P. Alberione de todos sus cargos en la diócesis:
“Te dejamos libre, lo solucionaremos de otra forma; dedícate
completamente a la obra iniciada” (AD, n. 30). El 20 de
agosto de 1914, el P. Alberione empieza oficialmente La escuela
tipográfica “Pequeño Obrero”, embrión del que nacerá la
Pía Sociedad de San Pablo.
2. El P. Alberione,
sacerdote paulino
2.1. En Abundantes
divitiæ gratiæ suæ, el P. Alberione precisa que “pensaba al
principio en una organización católica de escritores, técnicos,
libreros, distribuidores católicos; y dar orientaciones, trabajo,
espíritu de apostolado… [Pero bien pronto], hacia 1910 dio un paso
definitivo. Vio con mayor luz: escritores, técnicos, propagandistas,
sí; pero religiosos y religiosas” (nn. 23-24). Como se
ve, mientras desempeñaba su ministerio en el seminario, el P.
Alberione continúa la reflexión sobre el proyecto que lleva en su
corazón.
En el Diario
del beato Timoteo Giaccardo podemos encontrar indicios de cómo van
progresivamente madurando las ideas del P. Alberione sobre el
Apostolado de la Prensa. El 4 de marzo de 1917, anota: “La
persuasión de la necesidad del apostolado de la Prensa, de una
Congregación que fundar para ejercerlo y de la superioridad del
apostolado de la Prensa sobre la misión ordinaria, dadas las
necesidades actuales de la Iglesia, es muy fuerte en mí; sí, aún hay
que completarlo, pero va penetrando toda mi vida” (Diario,
p. 60).
Otros textos
importantes para entender cómo va formándose el pensamiento
apostólico del P. Alberione los hallamos en la obra preparada por el
P. Rosario Espósito, La Primavera paolina (=PP), que
recoge los boletines de la Unión de Cooperadores para la Buena
Prensa desde 1918 a 1927.
Observando el
fenómeno del rápido desarrollo de la prensa, el P. Alberione piensa,
como muchos otros de su tiempo, “oponer prensa a prensa”:
adoptar la prensa para combatir una prensa que difunde en las
conciencias y en la sociedad convicciones que alejan de la Iglesia a
la gente. Sin embargo, él quiere servirse de la prensa de un modo
nuevo, como aclara al decir: “Entre la Buena Prensa y el Apostolado
de la Prensa hay un abismo. El Apostolado de la Prensa es muy otra
cosa, inmensamente superior. Tal apostolado es la difusión del
pensamiento, de la moral, de la civilización cristiana, en una
palabra, del Evangelio, con el medio de la Prensa, precisamente como
se haría con la palabra” (PP, p. 668). Para trabajar en la
buena prensa «bastan hombres que saben; para hacer en cambio el
Apostolado es preciso un corazón, una alma sacerdotal, pues se
trata de un apostolado eminentemente sacerdotal.
Cuando san Agustín oyó fuertemente, por tres veces, la invitación:
“Toma y lee”, ¿qué hizo? Abrió las Cartas de san Pablo y bebió en
ellas la vida sobrenatural. La humanidad bendecirá eternamente este
apostolado» (Ib, p. 668s).
2.2. En el
periodo en que el P. Alberione elaboraba su proyecto, se habían
difundido en el ambiente católico dos afirmaciones, frecuentemente
citadas en la Unión de Cooperadores para la
Buena Prensa.
La primera, atribuida al obispo de Maguncia, monseñor Wilhelm
Emanuel Ketteler (1811-1877): “Si san Pablo volviera hoy, se
haría periodista”. La segunda de Tertuliano (siglo III): “Llegará
el tiempo en que la tinta de los escritores católicos será
semilla de cristianos como lo es hoy la sangre de los mártires”.
Además a Pío X se le atribuía la frase: “Un diario más, una iglesia
menos”, mientras el cardenal Mercier escribía: “Retrasaría la
construcción de una iglesia para concurrir en la fundación de un
periódico”.
Este ambiente de
movilización alrededor de la prensa lleva al P. Alberione a esta
conclusión: “Lo que hoy constituye el principal testimonio a favor
de Jesucristo, es la Buena Prensa” (PP, p. 411). “El mundo
tiene necesidad de una nueva y profunda evangelización… Hay
urgente necesidad de nuevos misioneros, numerosos, jóvenes y
llenos de voluntad y entusiasmo, para que nuestra prensa, la prensa
cristiana, entre en todas las familias. ¡Se necesitan misioneros!
¡Nuevos misioneros para este nuevo y fecundo apostolado!”
(Ib, pp. 680.682).
2.3. Puesto que el
uso de la prensa corresponde a una “nueva evangelización”, es
preciso inventar una predicación apropiada que se ponga al lado de
la habitual de la parroquia: la predicación escrita junto a la
predicación oral (cfr. PP, p. 172). Se trata de una forma
nueva de evangelización integral que es complementaria a la pastoral
parroquial. En efecto, “es inútil pensar diversamente: el sacerdote
puede desde la iglesia formar en parte los pensamientos de su
población; pero hoy no basta la iglesia, porque fuera de ella la
prensa predica cada día, con insistencia, con eficacia” (Ib,
p. 733).
La
naturaleza del apostolado de la prensa requiere el sacerdocio
paulino: “El
apostolado de la prensa está en su sustancia, origen, objeto y fin,
es una misma cosa con el apostolado-palabra. Se distingue sólo por
las modalidades en que se ejerce… Y está claro que siendo el
sacerdote el ministro ordinario y principal en el
apostolado-palabra, de necesidad lo es también en el Apostolado de
la Prensa” (Apostolado de la Prensa, pp. 24-25). El
compromiso pastoral en el apostolado de la prensa requiere el
sacerdocio paulino y, al mismo tiempo, el sacerdocio paulino es
garantía de que el apostolado de la prensa no constituye un simple
“subsidio” de la predicación parroquial, sino que es una
auténtica evangelización realizada de forma diversa. Esta
es la originalidad del carisma paulino en la Iglesia.
El sacerdocio paulino
sitúa todas las fases de la realización del apostolado de la prensa
a la altura de un verdadero sacramental, contando con la
certeza teológica de que Dios se sirve de elementos materiales
para producir con eficacia efectos sobrenaturales. «El agua
del bautismo debe ser agua natural y, en lo posible, limpia y
preparada con una bendición especial: ella sirve como materia para
producir efectos sobrenaturales, borra la mancha original e infunde
la vida nueva que nos hace hijos de Dios. En el apostolado, la
materia (industria o comercio) sirve a efectos sobrenaturales “en la
divulgación de la doctrina católica, usando los medios más
fructuosos y más rápidos”» (San Paolo, febrero de 1952).
Esta visión
sobrenatural descarta cualquier envilecimiento: “¡No había necesidad
de un instituto religioso para hacer industria! No se necesitan
personas consagradas a Dios para hacer comercio!” (A las Hijas de
San Pablo, 1946-1949, p. 574). “La Congregación nunca deberá
rebajarse al nivel de una industria, de un comercio, sino permanecer
siempre a la altura humano-divina del apostolado, ejercido con los
medios más rápidos y fecundos, con espíritu pastoral… No
negociación, sino evangelización” (San Paolo, febrero de
1951).
2.4. Si la
predicación impresa es un acto de auténtica evangelización confiada
a la función sacramental del sacerdocio paulino, resulta fácil
establecer otras equivalencias además de la correspondencia entre
“predicación escrita” y “predicación oral”. En Apostolado de la
Prensa, el P. Alberione compara el boletín parroquial a un
“púlpito de papel” (p. 72) y a una “campana de papel” (p. 73).
En escritos sucesivos
es más explícito aún: “Los medios técnicos, las máquinas, los
caracteres, todo el equipaje cinematográfico y el radiofónico etc.,
son objetos sacros por el fin al que sirven. Por eso la máquina se
hace púlpito; el local de la composición, de las máquinas y
de la propaganda pasan a ser iglesia, donde hay que estar con
mayor respeto que cuando se está en clase. Si la clase es un
templo, ¡cuánto más lo son los locales de nuestro apostolado!” (Para
una renovación espiritual, p. 548). “Cuando estos medios del
progresso sirven para la evangelización, reciben una consagración,
quedan elevados a la máxima dignidad. La oficina del escritor, el
taller de la técnica, la librería se vuelven iglesia y
púlpito” (Ut perfectus sit homo Dei, I, 316).
La evangelización con
la prensa le es confiada al sacerdote paulino, que la realiza con
redacción, técnica y difusión como su púlpito y su iglesia; al
comprometerse en la comunicación completa de Cristo, la obra del
sacerdote paulino constituye un verdadero ministerio. El
sacerdote paulino no se involucra en la pastoral parroquial, porque
tiene ya su parroquia: la multitud de sus lectores esparcidos
por doquier.
2.5. Así como la
parroquia de una diócesis no está compuesta sólo por el sacerdote,
así también el Fundador ha querido enriquecer la parroquia
paulina. El sacerdocio paulino no hay que entenderlo en el
sentido clerical o de dignidad privilegiada, sino como
garantía de que con el apostolado de la prensa y, sucesivamente,
con el apostolado de la comunicación “más rápida y eficaz” de cada
época, se puede “dar a Dios a las almas y las almas a Dios” (Ib,
I, 313). Por esta razón pastoral y usando las categorías teológicas
de su tiempo, el P. Alberione motiva la extensión del sacerdocio
paulino a las fundaciones a las que poco a poco fue dando vida.
La institución de los
Discípulos del Divino Maestro (1924) la presenta como
participación en el sacerdocio paulino, según leemos en
Abundantes divitiæ gratiæ suæ: “¿Por qué no pueden asociarse a
un apostolado? Así como un día surgieron Institutos donde el
sacerdote-religioso encontraba vía libre a las actividades
apostólicas y a la pastoral, hoy en día hay que dar al hermano laico
una participación en la actividad del sacerdote, otorgarle un
cuasi-sacerdocio” (n. 40).
Puesto que la
realización del apostolado de la prensa se presenta complejo, el
Fundador piensa la Sociedad de San Pablo compuesta por un tercio de
sacerdotes escritores y por dos tercios de discípulos para la
producción técnica y la difusión. La única vocación paulina
cumple su función “docente” en la diversidad complementaria
de los roles que el apostolado de la prensa –y sucesivamente, de la
edición, de las ediciones, de la comunicación– requieren.
Haciendo fructificar
en su actividad fundacional las convicciones ya expresadas en el
volumen La mujer asociada al celo sacerdotal, en que la mujer
y la religiosa son consideradas “cuasi-sacerdote”, el P.
Alberione da vida a las Hijas de San Pablo, a las Pías
Discípulas del Divino Maestro, a las Hermanas de Jesús Buen
Pastor y a las Hermanas Apostolinas.
Ratificando su visión
“sacerdotal paulina” de las otras fundaciones, el P. Alberione se
dirige a las Hijas de San Pablo en estos términos: “Vuestra misión
está ligada a la obra del sacerdote… ¿Qué sois? Yo diría que
diaconisas, diría que sacerdotisas, al modo como se habla
de María” (Vademecum, n. 92).
Desde el principio,
con un Estatuto redactado en 1918, el P. Alberione involucra
en su proyecto de misioneros del apostolado de la prensa a los
Cooperadores paulinos. Cuando, hacia los años de 1960, adquieren
relieve los Institutos seculares, el Fundador perfila nuestros
Institutos agregados a la Sociedad de San Pablo.
En los Ejercicios
espirituales de abril de 1960, el P. Alberione describe la “parroquia
paulina” (cfr. Ut perfectus sit homo Dei, I, 371-383)
compuesta de sacerdotes y discípulos, religiosas, laicos y laicas
consagrados, sacerdotes diocesanos encuadrados en Instituto agregado
y cooperadores paulinos. En ella, la Sociedad de San Pablo tiene la
función de “nutricia”, para hacer vivir la unidad “en la
inmensidad de la parroquia paulina, que tiene como límites los
confines del mundo y como rebaño tanto a quienes están en el redil
como a quien se quiere llevar al redil” (Ib, I, 382).
2.6. El Fundador se
preocupó constantemente de que la Sociedad de San Pablo no sea una
simple casa editora, sino una forma de “nueva
evangelización”: “La Congregación estudie el pensamiento y délo
a la luz (edítelo): ni comerciantes, ni industriales, sino Sociedad
de Apóstoles” (Mihi vivere Christus est, n. 185).
La comunicación de la
Persona y de la enseñanza de Cristo debe por tanto ser completa:
“Tenemos que corregir nuestra tendencia a dividir a Cristo, a
dividir lo que él ha unido. Hace ya tiempo que notaron esto muchos
predicadores y escritores. El hombre es uno, aun con tres facultades
distintas… Hay que llevar efectivamente Cristo al hombre, y dar todo
el hombre a Dios por Jesucristo. Separando dogma, moral y culto
haríamos del hombre un mutilado, que no podría llegar a la
salvación, al no estar injertado en el Cristo integral” (San
Paolo, noviembre-diciembre de 1954).
El contenido
de la evangelización es el mismo de la predicación oral que se da en
la parroquia: dogma, moral y culto, presentados a la integralidad de
la persona, que es mente, voluntad y corazón. Así pues, la
totalidad de Cristo para la integralidad de la persona.
El P. Alberione
resume los contenidos de la evangelización con la prensa en la
unidad de dogma, moral y culto: “Un Cristo seccionado no nos
restaura: el Cristo completo es resurrección, vida y salvación para
todo el mundo. Hagamos un apostolado completo y santificador” (Vademecum,
n. 1023), y percibe al Cristo total en la definición cristológica de
Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida.
2.7. Puesto que los
paulinos son “apóstoles” y no “mercenarios” de la
evangelización, es necesario crear unidad entre la
experiencia de la propia fe y la misión de evangelizar: es preciso
dar a los demás lo que se ha experimentado en sí mismos. Por tal
razón, el P. Alberione elabora la espiritualidad paulina:
Cristo Maestro Camino, Verdad y Vida; María, Reina de los Apóstoles;
san Pablo apóstol.
La espiritualidad
paulina la pensó el Fundador en estricta referencia a la
evangelización paulina: todo carisma en la Iglesia es una unidad
inseparable de espiritualidad y misión. Jugando un tanto a la
paradoja, cabría decir que no toda espiritualidad es adecuada para
un carisma específico. Esta constatación explica por qué, allá por
los años de 1920, el P. Alberione habla de la necesidad de “nuevas
devociones para los nuevos apostolados” y
sustituye la presentación de Cristo, adorado como Sagrado Corazón, y
de María, venerada como la Inmaculada, con Cristo divino Maestro y
con María, Reina de los Apóstoles.
El evangelizador
paulino, de este modo, experimenta primero en sí mismo la totalidad
de la fe para poder luego traducirla en el apostolado de la prensa.
La predicación con la prensa no es una añadidura al compromiso de
santificación del evangelizador paulino, sino una consecuencia
inmediata: no se puede vivir la espiritualidad de un Cristo parcial
y considerarse capaces de comprometerse en una evangelización con la
prensa, que ofrece el Cristo total. Cualquier dicotomía puede crear
una crisis de identidad.
En la constitución de
la Congregación dedicada a la evangelización con la prensa, la
referencia a san Pablo está presente desde el principio. El
P. Alberione se siente fascinado por tres expresiones de san Pablo:
“Ya no vivo yo, vive en mí Cristo” (Gál 2,20); “Con los que sea me
hago lo que sea, para ganar a algunos como sea” (1Cor 9,22); “Me
lanzo adelante”(Flp 3,13). La Congregación quiere ser san Pablo vivo
hoy.
3. El sacerdocio
paulino hoy
3.1. En el P.
Alberione la evolución del sacerdocio secular al sacerdocio
religioso paulino entrañó un enorme trabajo, pero confortado por la
clara convicción de haber recibido de Dios una misión que
cumplir en la Iglesia. Llegar a la aprobación diocesana y,
sobre todo, pontificia de la Sociedad de San Pablo con su
específico carisma, fue un empeño que absorbió muchas energías del
Fundador.
En los primeros años
de fundación, el P. Alberione actúa en estrecha conexión con las
parroquias de la diócesis piamontesa –y sucesivamente, de Italia–
con la creación de la revista Vida pastoral (1916), la
edición de numerosos boletines parroquiales, la constitución de
bibliotecas parroquiales y la creación de la revista internacional
Pastor Bonus (1937).
Observando con
atención las cartas que el P. Alberione, en forma de informes, envía
una tras otra al obispo de Alba y luego a la Santa Sede, se percibe
el ansia constante de obtener la aprobación como Congregación
(cfr. Giancarlo Rocca, La formazione della Società San Paolo,
1914-1927, Roma 1982).
Se comprende bien,
pues, la alegría del P. Alberione durante los Ejercicios
espirituales de 1960, cuando narra: “Para la Pía Sociedad de San
Pablo, considerada la novedad peculiar e inhabitual del Instituto y
la naturaleza de su apostolado, la Congregación de los Religiosos
decidió presentar el tema al Papa, dejándole toda la responsabilidad
en asunto de tan gran novedad, importancia y consecuencias… Y el
gran papa Pío XI, abierto a todas las necesidades de los tiempos,
concedió su aprobación, con lo que resultó fácil la aprobación
diocesana. Del mismo modo sucedió con la aprobación pontificia.
Nuevamente fue el Papa quien quiso el Instituto. La Congregación,
por consiguiente, procede directamente del Papa” (Ut
perfectus sit homo Dei, I, 18).
A las dificultades
encontradas ante la Santa Sede para obtener la aprobación pontificia
de semejante Instituto, que constituía una “novedad peculiar e
inhabitual”, hay que añadir las dificultades surgidas en la
primera expansión (casa de Roma) y luego en las fundaciones en otros
países.
El lo tocante a Roma,
el Vicariato, tras oportunas evaluaciones, plantea al P. Alberione
la condición de asumir una parroquia y la respectiva cura de almas;
y él, con tal de establecerse en la Ciudad eterna, se pliega al
compromiso de construir la iglesia de Jesús Buen Pastor
y proveer un sacerdote paolino que haga de párroco (7 de febrero de
1937). Asimismo, siempre con el mismo fin de facilitar la aprobación
pontificia, acepta temporalmente otras dos parroquias en la diócesis
de Albano Laziale, que luego se dejarán.
Igualmente en otras
naciones, en el momento de los comienzos, el P. Alberione
condesciende a la petición de los obispos, aceptando una parroquia
como compromiso temporal, pero de hecho mirando al apostolado
paulino.
Actualmente la
Sociedad de San Pablo tiene la responsabilidad de 6 parroquias:
Jesús Buen Pastor y Reina de los Apóstoles (erigida el 26 de
noviembre de 1976) en Roma; St. Luke-Divine Mercy en Chennai y St.
Therese en Eluru (India); Our Lady of Sorrows en Pasay (Filipinas) y
Santo Inacio de Loyola en São Paulo (Brasile). En Aachen (Alemania)
un sacerdote paulino desempeña actividad parroquial en la Misión
Católica Italiana; en Portugal dos sacerdotes paulinos están
temporalmente ocupados, a tiempo parcial, en una parroquia de la
diócesis de Braga, con vistas a un posterior desarrollo paulino.
La orientación actual
de la Congregación es la misma del Fundador: puede aceptarse una
parroquia, si ésta entraña un compromiso limitado al tiempo
necesario para el desarrollo del apostolado paulino. Pienso, por
ejemplo, en la hipótesis de una presencia paulina en Cuba y en
China, donde sería imposible comenzar con un apostolado editorial.
Constituye una norma
para todos los paulinos lo establecido en las Constituciones:
“Sólo excepcionalmente y por graves razones se hace cargo la
Congregación de la cura de almas en las parroquias. La asunción de
tal empeño compete al Superior mayor, con el consentimiento de sus
consejeros y el visto bueno del Superior general con el
consentimiento de su consejo” (art. 76).
Por su parte el
Directorio, aplicando lo previsto por los documentos eclesiales,
puntualiza que los paulinos responsables de parroquias “promuevan el
carisma pastoral paulino en los fieles, sensibilizándoles en la
comunicación social con oportunas iniciativas” (art. 76.1).
3.2. La identidad del
sacerdocio paulino, estrechamente conectado con el carácter pastoral
del carisma paulino dedicado a la evangelización con y en la
comunicación, fue reafirmada y enriquecida por la reflexión del
Capítulo general especial (1969-1971): cfr. Documentos
capitulares, nn. 33, 89-101, 132-182.
Después del
concilio Vaticano II y a medida que nos alejábamos de la muerte del
Fundador, el sacerdocio paulino, en lo referente al carisma paulino,
se ha visto, en parte y sólo por cierto tiempo, involucrado en una
peligrosa dicotomía: la fractura entre
espiritualidad paulina y apostolado paulino.
Debido a una serie de
motivos, algunos paulinos acentuaron fuertemente la espiritualidad,
con el riesgo de encerrarla en sí misma, presentándola casi como un
tiempo indefinido de suspensión del compromiso apostólico. Aparte la
actitud típica de “un resto iluminado” que emite juicios sobre los
demás, la inaceptabilidad de este espiritualismo radica en el
ocultamiento del apostolado. Nunca nos enseñó el Fundador una
espiritualidad aislada del apostolado, sino más bien una
espiritualidad para el apostolado. La tarea de
santificación está estrechamente conectada con el compromiso del
apostolado; el amor a Dios y el amor al prójimo se funden, por
decirlo así, en el apostolado de la comunicación.
En dicha visión
equivocada se acentúa la misión de santificación personal, de
ministerio interpersonal y de grupo del sacerdocio paulino, tanto
dentro como fuera de la Familia Paulina, mientras el apostolado
editorial queda rebajado a “trabajo” opcional motivado sólo por la
recta intención, o a ocupación secundaria, a la que dedicar los
recortes de tiempo.
En el lado opuesto,
algunos paulinos acentuaron el compromiso apostólico, oprimidos por
la inmersión total en el trabajo requerido por la
evangelización con la comunicación. La consecuencia salta a la
vista: el riesgo de una vida espiritual muy esencial, por no decir
tal vez totalmente ausente: eludiendo la celebración y la visita
eucarística; excluyendo sistemáticamente los retiros, los ejercicios
espirituales y los cursillos de puesta al día en fuerza de un
activismo absorbente hasta el punto de no dejar tiempo disponible.
El sacerdocio
paulino, en esta segunda desviación, queda así reducido a actividad
profesional, como si sólo la competencia en comunicación
constituyera al apóstol paulino. En realidad se corre el riesgo de
hacerse mercenarios de lo sagrado, sin implicarse nunca
personalmente en cuanto se dice a los demás con el apostolado. Aun
ante eventuales éxitos apostólicos, esta mentalidad no es capaz de
entrever lo mucho y mejor que podría hacer si tomara en serio el
proceso de cristificación necesario al apóstol paulino.
Tanto la
acentuación espiritualista como la exageración de la
profesionalidad en el trabajo están en claro contraste con la
enseñanza del Fundador, que siempre recomendó el equilibrio
fecundo entre santidad y apostolado. Es preciso decir, además, que
en entrambas actitudes reseñadas, la manipulación del sacerdocio
paulino acarrea un desequilibrio también en la vocación paulina del
discípulo, de la religiosa, del laico consagrado y del cooperador de
la Familia Paulina. En efecto, en esos dos extremos, el sacerdocio
paulino corre el riesgo o de una acentuación clerical o de una
trivialización sin significado, en vez de ser el mínimo común
denominador de todo.
Una consecuencia, no
menos grave, de esta disparidad es la fractura que de hecho
se crea entre espiritualidad y apostolado, incentivando una oración
con déficit de apostolado y un apostolado sin oración: verdadero
contrasentido para el carisma paulino, en el que la calidad del
apostolado brota de la calidad de la experiencia espiritual.
3.3. El poner
progresivamente a las jóvenes generaciones paulinas en manos de
escuelas de filosofía, teología y de especialización fuera de la
Congregación, junto a las ventajas de una seria preparación
cultural, ha revelado una laguna significativa por su
incidencia en el sacerdocio paulino.
La propia Santa Sede,
ante el fenómeno de agrupar a los jóvenes en centros de enseñanza
intercongregacionales o interdiocesanos, ha dejado oír su voz
autorizada, recomendando que cada Instituto adecue los estudios
generales al carisma específico (cfr. Congregación para los
Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica [cicsva],
La colaboración entre Institutos para la formación,
8.12.1998). Ello para evitar una formación genérica, que
aplana y descuida lo típico de cada Instituto, considerándolo casi
superfluo.
A este respecto, para
nosotros los paulinos, la vigilancia debe de ser doble. Ante todo
es necesario integrar los estudios básicos, tanto para la formación
sacerdotal como para el discipulado, con una formación seria
y metódica en comunicación (cfr. Formación paulina para la misión,
Directiva n. 5: Documento, p. 35; Actas, p. 189). En
efecto, una formación superficial en comunicación lleva de hecho a
una crisis de identidad porque no motiva el nexo entre
espiritualidad y apostolado. Se tiene así el resultado de una
esquizofrenia, en que la personalidad es diversa en el ámbito
espiritual y en el campo apostólico, con las consiguientes
disonancias apostólicas.
En segundo
lugar, la
comprensión del sacerdocio paulino se vuelve difícil al
confrontarlo con las consolaciones del sacerdocio diocesano. Cabe
entonces comprender comentarios de este género: “Yo quiero ser
sacerdote, no un editor cerrado en una oficina”. El sacerdocio
paulino entraña ser hombre de comunicación medial, multimedial y en
red: tal es la auténtica novedad de la Sociedad de San Pablo en
la historia de la vida religiosa. Si no se tiene esta convicción, es
mejor orientar a las personas hacia el sacerdocio diocesano antes
que acogerlas y que luego, por motivos personales de inadaptación,
pongan en duda una enseñanza clara y constante del Fundador, vivida
por la casi totalidad de los miembros.
A propósito de esto,
resulta altamente extravagante apelarse a la necesidad de
“actualizar” o “inculturar” el carisma, afirmando que si el P.
Alberione viviera hoy asumiría parroquias poniendo entre las
diversas obras parroquiales también una pequeña librería.
Actualizar no es traicionar, y el conocimiento de la historia es
importante para saber de dónde se viene. El P. Alberione pasó de
sacerdote diocesano a sacerdote paulino, y sería ignorar y
contradecir toda su obra hacer el camino inverso, es decir del
sacerdocio paulino al sacerdocio diocesano.
3.4. El desarrollo de
las obras apostólicas ha hecho prácticamente inactualizable hoy la
idea del Fundador, que quería en manos de los paulinos
–sacerdotes y discípulos– todas las fases del apostolado. Cuando aún
vivía, ante las proporciones importantes de algunas iniciativas
apostólicas, aceptó una progresiva incorporación de los
colaboradores laicos. La cantidad y un cierto modo de participación
de estos colaboradores laicos en el apostolado crea algunos
interrogantes al sacerdocio paulino.
Para poder continuar
de modo eficaz el apostolado, la Congregación, a escala mundial,
está asumiendo cada vez más personal externo. Este fenómeno,
inevitable, plantea de hecho dos problemas.
El primero
concierne a la inserción de los laicos en lugar de paulinos que, por
edad, leyes laborales o competencia profesional, tienen que
retirarse. En algunas Circunscripciones, este extremo viene a
resolver, en general, el problema de la eficiencia del apostolado,
pero crea el inconveniente de los paulinos que quisieran y podrían
aún estar comprometidos en el apostolado.
Individuos (paulinos)
y comunidades enteras, que no pueden ejercer el sacerdocio paulino
en el apostolado, efectivamente sufren y, a veces, superan la crisis
de identidad poniéndose mayormente a disposición para el ministerio
sacerdotal diocesano.
El verdadero problema
no es la valoración de la generosidad de los cohermanos que
encuentran un trabajo apostólico alternativo, por haber quedado
inhabilitados para el apostolado paulino. Considerando más en
profundidad esta situación, puede suscitarse un sentido de
división entre comunidades denominadas “periféricas”, que han de
inventarse un ministerio, y los paulinos que en práctica polarizan
todo el apostolado específico.
Otro
inconveniente relevante es el efecto que estas comunidades pueden
tener en los jóvenes deseosos de hacer una experiencia de vida
paulina: si falta el ejercicio del
apostolado, resulta muy difícil hablar de un “ven y mira” completo.
Aparte la abundancia
de los laicos necesarios para nuestro apostolado, el segundo
problema atañe a un cierto modo de integración que
presenta interrogantes al sacerdocio paulino. La gran sensibilidad
del P. Alberione hacia la organización nos ha llevado a asumir la
forma de producción industrial con las respectivas leyes y
distribuciones del trabajo.
Algunas amargas
experiencias a nivel mundial nos han convencido de que no basta
meterse en papel de empresarios de la comunicación para obtener
resultados adecuados, aun habiendo obtenido ventajas indiscutibles
de eficacia y transparencia.
La relación entre los
paulinos y los laicos colaboradores hay que repensarla y remotivarla
con la riqueza de las reflexiones sobre el laicado católico
del concilio Vaticano II y del periodo posconciliar. Lo que se dice
de la relación entre sacerdocio ordenado y sacerdocio
común de los fieles está mucho más articulado de lo que el
Fundador, con gran intuición pastoral, llamó “sacerdocio paulino”
y “cuasi-sacerdocio”.
Con todo, no cabe
separarse de la intención original del Fundador: el apostolado
paulino es una actividad pastoral que habla de modo explícito
de todo el Cristo a todo el hombre y habla de toda la realidad
humana desde un punto di vista cristiano. Ni la estructura
empresarial, ni las grandes responsabilidades confiadas a los laicos
pueden eclipsar esa dimensión sacerdotal del apostolado. Las
leyes del mercado y la competencia profesional de los colaboradores
tienen que transformarse, con la lucidez de los paulinos, en
sensibilidad y métodos pastorales para “hacerse todo a todos”.
Por eso a los paulinos les corresponde, de modo irrenunciable, la
última palabra en la elección de los contenidos y en las estrategias
de difusión; abdicar significa concurrir a una verdadera crisis de
identidad del carisma.
3.5. El 26 de
noviembre de 1950, en el Congreso general de los Estados de
perfección, el P. Alberione repetía: “El sacerdote predica a un
rebaño pequeño, desmirriado, en iglesias casi vacías en muchas
regiones… Nos dejan los templos, ¡cuando nos los dejan!, y se llevan
a la gente”; y apropiándose de un pensamiento autorizado, indicaba
con fuerza: “vemos la
urgente necesidad de un cambio radical de mentalidad y de método”
pastorales (San Paolo, noviembre de 1950).
La misma necesidad
pastoral se recava de lo que Juan Pablo II escribía en la encíclica
Redemptoris missio (07.12.1990): «Mi predecesor Pablo VI
decía que “la ruptura entre el Evangelio y la cultura es sin duda el
drama de nuestra época”, y el campo de la comunicación actual
confirma de lleno este juicio» (n. 37c). Desde el decreto conciliar
Inter mirífica hasta la carta apostólica El rápido
desarrollo (24.01.2005) el abundante magisterio de la Iglesia
sobre la comunicación para la evangelización es un estímulo
irrefutable para la actualidad y el desarrollo del carisma
paulino, entendido como verdadero sacerdocio capaz de “dar a Dios a
los hombres y los hombres a Dios”.
Partiendo del
fenómeno complejo y continuamente en desarrollo de la comunicación
actual y asimilando las preciosas indicaciones del magisterio sobre
la comunicación, nosotros los paulinos debemos profundizar y
relanzar el carisma paulino. El Fundador tuvo el gran mérito de
estar entre quienes han sensibilizado a la Iglesia para la
evangelización con la prensa y los demás medios; ahora es la Iglesia
la que anima al carisma paulino para seguir siendo de frontera y
pionero en la comunidad eclesial.
Constituye un
descarrío el equívoco de relanzar el carisma paulino
minimizando o abandonando el apostolado de la comunicación para
sustituirlo con otras iniciativas, por ejemplo el deseo de suplantar
la editorial y la difusión asumiendo el ministerio parroquial. Se
trata de un cambio de fondo sobre el que se mantendrá una vigilancia
concienzuda y decidida. El apostolado paulino es único:
evangelizar en la cultura de comunicación. La vocación al
sacerdocio parroquial es un don de Dios; pero un don de Dios, con
igual dignidad, es asimismo el sacerdocio paulino: es justo elegir
entre los dos, sin fomentar dudas y crisis que atañen a problemas
personales, pero no de Congregación.
Para los paulinos,
que viven de lleno y con empuje la pastoralidad del carisma paulino,
vale la invitación de nuestro padre san Pablo: “lanzarse adelante”
(Flp 3,13).
En las sedes debidas
y con los instrumentos adecuados se debe tener el valor de pensar el
sacerdocio paulino también con vistas a la evangelización de la
cultura de comunicación, asumiendo la comunicación multimedial y
en red. Como san Pablo fue enviado a predicar a Cristo entre los
paganos, así los paulinos de hoy son enviados a predicar al mismo
Cristo en la complejidad de la comunicación. Como san Pablo, en
visión, se dejó solicitar por un macedonio a la predicación (He
16,9), así los paulinos se dejan solicitar a la audacia de la
evangelización por la comunicación actual.
Pidamos al beato
Santiago Alberione, para toda la Congregación y la Familia Paulina,
poder custodiar y relanzar su intuición pastoral: todo el carisma
paulino está impregnado de sacerdocio paulino porque
cualquier forma de comunicación puede llevar a creer, rezar,
testimoniar. |