
EL P. Alberione, un apÓstol del EVangelIo
Hna. Bruna Fregni, fsp
Una
buena noticia para vivirla
El amor al Evangelio impregna toda la vida, vocación
y misión del beato Santiago Alberione. Él se siente destinatario de
una “buena noticia” que llena su existencia, le indica un gran
ideal, le empuja a considerarse mensajero de la gracia ante el mundo
contemporáneo, donde quiere esparcir la levadura evangélica en las
leyes, las costumbres, la escuela, el trabajo y en cualquier otro
ámbito social, a través de los medios más rápidos y eficaces que el
progreso proporciona. En sus numerosísimas exhortaciones sobre la
importancia de leer, asimilar y anunciar el Evangelio, no hace sino
comunicar una experiencia profunda y vital, surgida de la “luz” que
acompaña todos los puntos clave de su historia.
Potencia y sabiduría de Dios
Como Pablo, que decía de sí “el amor de Cristo me
apremia” (2Cor 5,14), también el beato Santiago Alberione, en los
albores del siglo XX, se siente movido interiormente por una llamada
de amor de Jesús-Eucaristía, que tiene sed de atraer a sí todos los
hombres, y le impulsa a iniciar un nuevo apostolado y una nueva
familia religiosa. El joven sacerdote piamontés comienza una
increíble aventura que en el arco de algunos decenios le lleva a dar
vida a innumerables realizaciones: arranca en 1914 con un grupito de
muchachos y el cargo de director del periódico diocesano de Alba
para llegar seguidamente a ser Fundador de congregaciones religiosas
e institutos seculares, de empresas editoriales católicas en todo el
mundo, y de una red de librerías vistas por él como manantiales
de luz y calor para cuantos las frecuentan. Del originario
interés por el mundo de la prensa pasa a la convicción de que la
Iglesia de hoy debe estar presente en el cine, en la televisión, en
el planeta de la música y en cualquier campo de progreso de la
comunicación humana.
Participando en el concilio Vaticano II, vio
reconocidas en los documentos conciliares tantas intuiciones que le
habían costado un prolongado esfuerzo de realización. Fiel al lema
paulino “Me lanzo adelante” y al compromiso de progresar un poco
cada día, continuó hasta el final de su vida inventando cosas
nuevas, deseando iniciativas cada vez más numerosas y eficaces para
la evangelización del mundo contemporáneo. Entre estas iniciativas
merecen resaltarse de modo particular las innumerables “Jornadas del
Evangelio” y las “Semanas bíblicas”, que han llevado el texto sacro
por doquier, en casas, fábricas, escuelas y en tantos otros lugares
del día a día.
«¿Cuántas veces os planteáis el gran problema: dónde
camina, cómo camina, hacia dónde camina esta humanidad que se
renueva continuamente, al menos cada siglo o incluso más, sobre la
faz de la tierra? La humanidad es como un gran río que va a
desembocar en la eternidad: ¿se salvará o se perderá para siempre?».
Este gran interrogante alberoniano sigue alimentando aún hoy nuestra
identidad de apóstoles del Evangelio, atentos a escrutar los signos
de los tiempos, para entrar en sintonía con los gozos y las
esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres nuestros
contemporáneos.
Su capacidad de intuición y de actualización nos
solicita a evaluar nuestro empeño en la creatividad apostólica y en
la adaptación a las condiciones de los destinatarios. «El mundo
va desarrollándose rápidamente –nos recordaba el Fundador–:
los centros habitados, la cultura y el comercio se mudan. Se
producen revoluciones pacíficas y rápidas mediante la prensa, la
radio, el cine, la televisión, los movimientos políticos, sociales,
industriales… Es preciso que la religión esté siempre presente...
Quien se detiene o ralentiza se queda atrás...
llevemos el máximo bien a todos».
Un mensaje que comunicar a todos
Según el P. Alberione, universalidad y pastoralidad
son rasgos distintivos del apostolado paulino, que arranca de un
acto de amor hacia todas las categorías de personas. Los
destinatarios del anuncio evangélico están en el centro de las
preocupaciones del apóstol, con las respectivas exigencias
concretas, las mentalidades, el contexto social en que ellos están
insertados. Para entrar en contacto con ellos ya no basta limitarse
a las formas tradicionales de pastoral: es necesario ensanchar los
horizontes y renovar los métodos. Al igual que hay una predicación
clásica mediante la palabra pronunciada verbalmente, así hay una
predicación moderna mediante la “palabra de la edición” y por tanto
los lenguajes de la prensa, el cine, la radio, la televisión... Y
abraza no sólo la transmisión de la doctrina de la Iglesia, sino
también la ciencia, las artes, la actualidad, las cuestiones
políticas y económicas, leídas en clave de fe y de praxis cristiana.
«Jesucristo no enseñó a esperar a los hombres, sino a
buscarles. Como el Maestro, el apóstol debe
propagar la divina palabra en las ciudades, en los pueblos y en las
casas, hasta en las más remotas. Debe superar los montes, surcar los
océanos, acercarse a todos los hombres... Debe interesarse de cada
alma, de cada familia, de cada parroquia. Debe organizar librerías,
formar colaboradores, entrar en todas las asociaciones, convencer a
los jefes de sección, a los directores de colegio, a personas
autorizadas… Todo un trabajo capilar...» (UPS, IV, 89).
La evangelización paulina no nace ante todo de un
“hacer”, sino de un “sentir” universal y profundo, más aún, de un
“sentir-con”, de una coparticipación de ideales, sentimientos y
aspiraciones que enciende un dinamismo fecundo de obras y de
servicios. Por eso el P. Alberione considera que tal cometido sólo
puede ser realizado por apóstoles de gran corazón, de mentalidad
abierta y de vasta capacidad de adaptación a todas las situaciones
humanas. |