
EL SENTIR APOSTÓLICO DEL P. ALBERIONE
Hna. Anna Caiazza, fsp
«En una noche
de adoración el Señor nos hizo entender que comenzando el nuevo
siglo había que establecer la vida en la Eucaristía y en la acción».
Así se expresó el P. Alberione en 1952, en una meditación a las
Hijas de San Pablo.
Un
acontecimiento espiritual intenso y comprometedor había dado a su
vida una impronta decisiva. Y el P. Alberione se concienció de la
propia misión: primero, con un genérico «prepararse para hacer
algo por el Señor y por los hombres del nuevo siglo, con quienes
habría de vivir» (AD 15); luego, con la cada vez más evidente
convicción de ser llamado y enviado por Dios a «servir a la
Iglesia, a los hombres del nuevo siglo y a trabajar con otros en
organización» (AD 20). Hasta llegar a la comprensión de que tal
misión, que involucra a otros –muchos otros, la «admirable Familia
Paulina»– consiste en «vivir
y dar al mundo a Jesucristo Camino Verdad y Vida»,
con la prensa y con todos los instrumentos de comunicación que el
progreso ofreciera progresivamente a la humanidad.
Aquel
«semiciego, al que guían y, mientras camina, es iluminado de vez en
cuando» (AD 202) no lo entiende todo enseguida: hay una
progresiva maduración en él, una espera interior, una disponibilidad
a los signos de los tiempos, a los que se muestra siempre
atentísimo. Porque es Dios quien guía, es Dios quien abre los
caminos: a nosotros nos toca vigilar en la paz (cfr. AD 43-44).
Aquella luz
«fundante» acompañará todo el camino del P. Alberione, alimentará su
«pasión» por Dios y por la humanidad, le hará gran contemplativo y
hombre de acción emprendedor y audaz, porque «el amor, el
verdadero amor, es inventivo. Cuando hay fuego en el corazón se
inventan muchas iniciativas y muchas habilidades. El auténtico amor
es el que se demuestra con la fatiga de cada día en el apostolado:
hace pensar, organizar, correr» (Hæc meditare II/8, p.
182).
Al
final de la vida, el P. Alberione podrá decir:
«He
seguido el cometido del apostolado
desde 1914 a 1968, con la gracia divina. Ahora he llegado a 84 años
de mi vida, que se cierra con el tiempo y pasa a la eternidad; en
todas las horas repito la fe, la esperanza, la caridad a Dios y a
las personas. Reunidos todos en el gozo eterno»
(AD 355).
El secreto
de fondo del dinamismo espiritual-apostólico que había dado aspecto
a la profecía del P. Alberione se asentaba indudablemente en
el encuentro personal y vital, diariamente renovado, con el Maestro;
referencia única y constante en el ser y actuar. Porque el apóstol
«transpira
a Dios por todos los poros con sus palabras, obras, oraciones,
gestos y actitudes, en público y en privado, en todo su ser. ¡Hay
que vivir de Dios y dar a Dios!»
(UPS, IV, 278).
Pero no podemos
omitir aquí los otros «pilares» que caracterizaron su sentir
apostólico y que, junto con aquel «secreto», connotan la identidad
de todo apóstol/a paulino/a.
Atención a
la historia. Gran
apasionado de historia, sagaz lector e intérprete de todo
acontecimiento a la luz del proyecto de Dios y del Evangelio,
ferviente detector de lo «nuevo» que continuamente el Espíritu hace
germinar, el P. Alberione miró a la sociedad de su tiempo con amor y
participación, pronunciando –según el estilo eucarístico aprendido
en la escuela del Maestro– una palabra de bendición sobre la
humanidad de sus días tan grávida de las semillas del Verbo,
«encarnándose» también él en las situaciones más concretas y
problemáticas, prestando atención a los «pobres de sabiduría
celeste», a los jóvenes, a los operadores de cultura, a los
creyentes y a los alejados de la fe…, hablándoles con los lenguajes
a que sus contemporáneos estaban acostumbrados.
Universalidad e integralidad.
El término que sintetiza esta característica fundamental del sentir
apostólico alberoniano es el denominado «todismo», como releva bien
cuanto el Fundador escribe en la narración autobiográfica: «La
Familia [Paulina] tiene una amplia apertura hacia todo el mundo, en
todo el apostolado: estudios, apostolado, oración, acción,
ediciones. Las ediciones para todas las categorías de personas;
todas las cuestiones y acontecimientos juzgados a la luz del
evangelio; las aspiraciones [son] las del corazón de Jesús en la
Eucaristía; en el único apostolado “dar a conocer a Jesucristo”
(cfr. Jn 17, 3), iluminar y sostener todo apostolado y toda obra de
bien; llevar en el corazón a todos los pueblos; hacer sentir la
presencia de la Iglesia en todos y cada uno de los problemas;
espíritu de adaptación y comprensión frente a todas las necesidades
públicas y privadas; todo el culto, el derecho, la unión entre la
justicia y la caridad» (AD 65). De aquí nace la exigencia de
asumir pastoralmente la situación concreta en que se vive y se
actúa; de aquí la necesidad de abrirse siempre más a las exigencias
de la comunicación y a sus instrumentos, y de entrar en diálogo con
culturas y religiones.
Pastoralidad,
como atención constante a los destinatarios del apostolado, que
se manifiesta en la elaboración de los contenidos, en el trabajo
técnico, en la difusión, a través de los cuales la Palabra llega
directamente al corazón de cada persona: «A todos y a cada uno
[el Instituto] debe ofrecer el pan del espíritu, repartirlo
ampliamente y adaptarlo a las necesidades de cada uno » (UPS,
III, 134). De aquí el apremio de llegar a «todo el hombre».
Eclesialidad,
pues la misma vocación del P. Alberione se da «en Cristo y en la
Iglesia» (AD 3), y por eso nunca se consideró un «protagonista
suelto» del anuncio cristiano. Más bien, vivió concienciado y
responsabilizado su pertenencia a la Iglesia, en fidelidad al
Magisterio, consciente de participar en la evangelización eclesial
mediante una inédita modalidad de apostolado, con los medios más
rápidos y eficaces de comunicación.
Paulinidad.
El grito acongojado
de Pablo: «¡Pobre de mí si no anunciara el Evangelio!» (1Cor 9,16)
queda bien expresado en aquel «se sintió profundamente obligado
a prepararse para hacer algo por el Señor y por los hombres del
nuevo siglo, con quienes habría de vivir» (AD 15). Se evidencia
así la sintonía perfecta que el P. Alberione vivió siempre respecto
al Apóstol de las gentes, a quien sintió padre y modelo, más aún, la
«forma» de nuestro ser discípulos y apóstoles. El apóstol paulino
tiene, en efecto, la audacia misionera de Pablo, sus horizontes
universales, su capacidad de adaptación: «El
apóstol debe aprender de su modelo el arte de “hacerse todo para
todos” y aquella elasticidad de adaptación que se aprecia en el
Apóstol, en su modo diferente de tratar a los hombres según las
condiciones físicas, intelectuales, morales, religiosas y civiles»
(AE 37).
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