 
MARÍA, LA “APÓSTOL” Y LA FORMADORA DE LOS
APÓSTOLES
hna. Marialuisa Peviani, hna. Lorenza Favetta, ap
Poniendo la mirada en
María, tal como la ha entendido el P. Alberione, la vemos toda
solícita en darnos a Jesús y orientarnos a ser discípulos y
apóstoles de su Hijo como lo fue ella.
María es la Madre
que, haciéndose cargo del cuidado de todos los hermanos de su Hijo,
acompaña a cada hombre al encuentro con Él y a la realización del
plan de amor que el Padre tiene para cada uno.
«María fue creada
para el apostolado de dar a Jesucristo al mundo; a él, camino,
verdad y vida; a él, maestro, sacerdote, hostia, ¡Dios!, quien quiso
que nosotros lo recibiéramos todo a través de María».
«María da siempre
a Jesús, como un ramo que siempre lo lleva y lo ofrece a los
hombres: pasible, glorioso, eucarístico, Camino, Verdad, Vida de los
hombres. Es la “apóstol” de Jesús; no sólo con las palabras, sino
con la mente, la voluntad, el corazón. [...] María es por tanto la
“apóstol”, la Reina de los Apóstoles, el ejemplar en todo
apostolado, la inspiradora de todas las virtudes apostólicas. ¡Que
el cielo la cante!, ¡la cante la tierra! y por ella y con ella y en
ella se eleve toda la alabanza a la santísima Trinidad».
María Reina de los
Apóstoles es para el P. Alberione la Madre de las vocaciones; por
ello es necesario que “todo el trabajo por las vocaciones se haga
desde María, por María, con María, en María”.
Podemos ahora
contemplar algunos iconos de la vida de María en clave vocacional.
Mirando el icono de la Anunciación, todo vocacionado
encuentra las líneas esenciales de la acción del Dios que llama y
las actitudes fundamentales del hombre que responde y siente abrirse
ante sí los horizontes de la misión.
«Cuando María
pronunció su “Aquí está la sierva del Señor: cúmplase en mí lo que
has dicho”, pasó a ser la Madre del gran Sacerdote, la madre de toda
vocación.
Ella acogió,
nutrió, acompañó en la infancia, en la vida privada y pública la más
hermosa de las vocaciones. Ella se porta de modo semejante con cada
alma llamada al sacerdocio, a la vida religiosa, al apostolado. A
María Reina de los Apóstoles se le pide obreros para la mies
evangélica. A María se le confían los llamados en la juventud y en
el periodo de la formación. Con María y en María realizamos nuestro
trabajo apostólico».
También el icono
del Magníficat es denso de facetas vocacionales. Como María,
todo llamado debe saber leer la propia historia en la historia de la
salvación, salir de sí y ponerse a servicio del plan de Dios sobre
toda la humanidad.
«Se necesita
ensanchar el corazón y rezar, pues, por toda la humanidad. [...] Hay
que pensar en todos, orar por todos y procurar que todos lleguen a
formar parte del pueblo de Dios, del nuevo pueblo de Dios. ¡Un
corazón amplio! O sea un corazón conformado sobre el de Jesús, que
llama a todos. Nuestro corazón conformado sobre el corazón de Jesús
es lo que él, Jesús, desea y quiere y pide: que todos pensemos en
todo el género humano, en todos los hombres».
Es el gozo lo
que contradistingue la verdad de un camino vocacional: así se hace
testimonio la experiencia del Magníficat.
«Hay una fuerza
de imán en las almas que son santas, llenas de fe, confianza, amor a
Dios. ¡Atraen! El imán por fuera no se ve, pero cuando en el corazón
hay mucho amor a Dios, estas almas tienen gran fuerza de atracción.
[...] Somos apóstoles en la medida que somos santos; somos eficaces
en el apostolado a medida que somos santos. [...] La mujer
verdaderamente santa tiene una eficacia en las vocaciones, grande
cuanto sea la santidad. [...] Corresponder bien a nuestra vocación,
implica atraer otras vocaciones».
Otro icono
mariano particularmente significativo es el de Caná. Al
respecto el P. Alberione subraya un original matiz vocacional,
llegando a decir que, como para Jesús, María hace llegar la hora del
vocacionado:
«¿Quién conoce los
designios divinos? Nos toca a nosotros tener el oído abierto para
oír el sonido de la campana divina, ¡la hora de Dios! La Regina
Apostolorum puede anticiparla, como hizo en las bodas de Caná,
cuando Jesús había respondido con “todavía no ha llegado mi hora”;
María, con su misión y fe, la anticipó».
Hablando de la Reina
de los Apóstoles, el P. Alberione se refirió constantemente al
Calvario, al “Mujer, mira a tu hijo... Mira a tu madre” (Jn
19,26-27), relevando en numerosas meditaciones la enseñanza de la
maternidad espiritual de María.
«Hemos de ser
capaces de vivir y morir por las vocaciones. Es lo que hizo Jesús.
[...] La esposa de Cristo se asocia a María en el camino del
Calvario. [...] Por las vocaciones ha de ofrecer a Jesús
precisamente la vida, y el trabajo, y cuanto encuentre en la propia
existencia».
María en el
Cenáculo ocupa un puesto muy particular: es quien, por la
experiencia vivida junto a Jesús, puede ayudar a los demás a
prepararse para vivir la experiencia transformante del Espíritu.
Aun siendo discreta,
su presencia es activa, de sostén, de guía para los apóstoles y
discípulos, ayudándoles a crecer y abrirse al Espíritu. Es la
“apóstol” por excelencia. En el Cenáculo María ora con los
apóstoles, ora por los apóstoles, les prepara a la misión.
«¡Hay que mirar a
la Reina de los Apóstoles. Sí, apóstoles. Y apóstoles son todos los
que Jesús ha llamado: los doce; los que Jesús ha llamado a lo largo
de los siglos, ¡son tantos! Los que Jesús sigue llamando: o
religiosos sacerdotes, o religiosos laicos, o sacerdotes diocesanos,
o religiosas y hermanas de tantos institutos, o laicos que hacen
apostolado y se entregan como miembros de los institutos seculares,
o incluso libremente se dedican a un apostolado en la Iglesia de
Dios. [...]
¡Se necesita tener
una sabiduría vocacional, además de la conciencia vocacional!
Pedidla para cuantos se ocupan de vocaciones. ¡Sabiduría vocacional!
Que el Señor comunique como un don del Espíritu Santo esta sabiduría
vocacional! Sí. Y, al mismo tiempo, conciencia; es decir, sentir la
responsabilidad de estas vocaciones. [...] María está con vosotras».
A la luz de la
presencia orante y formadora de María estamos llamados a vivir como
ella nuestra vida y nuestra misión, en la humildad y en la fe. A
este respecto el P. Alberione es particularmente claro:
«María recibió
cuanto tuvo de dones y privilegios para formar al primer
vocacionado. El primer llamado, la primera vocación es Jesucristo.
Imitad a María en su misión. Ella la aceptó cuando dijo: “Fiat” (Lc
1,38) y ordenó y tradujo toda su vida en este trabajo de formación
de Jesús, de acompañamiento hasta el Calvario. Tradujo toda la vida
en una acción vocacional».
Sabemos que María es
imagen (icono) de la Iglesia. El P. Alberione dio a toda la Familia
Paulina una clara marca mariana: en la escuela de María, aprendamos
a ser apóstoles y a colaborar en la formación de nuevos apóstoles
para nuestro tiempo.
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