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Los que han hablado
o escrito del Primer Maestro en ocasión de su pasaje al tiempo de la eternidad,
han puesto la atención de preferencia sobre lo que él ha hecho durante su
larga vida. Y, sin duda, sobre este argumento, mucho todavía hay que decir, y,
más todavía, mucho resta de conocer con mayor exactitud.
Hoy, sin embargo, considero más importante recordar me manera especial lo que
él ha sido, y, más particularmente, lo que me parece la nota más
característica de su compleja personalidad. No se trata, naturalmente, de un
estudio, sino de un simple pensamiento que me vino a la mente la mañana del 26
de noviembre, mientras observaba a paulinos y paulinas desfilar cerca del
lecho del Primer Maestro llevando como esculpida en sus rostros la convicción
de verlo vivo por última vez.
¿Qué es lo que diferencia a este hombre de los buenos sacerdotes y de los
buenos religiosos? Me pregunto, ¿Por qué razón lo contamos entre los hombres
extraordinarios? ¿Con cuáles medios se ha puesto fuera del camino común, en
aquel puesto de privilegio en el cual estamos acostumbrado a verlo?
Y sola una respuesta que me venía espontánea a estos interrogantes era siempre
una sola: El definido por los otros, es extraordinario por una nota
personalísima, siempre más rara, al alcance de todos: la monolítica unidad y
compactibilidad de su ideal, de su pensamiento y de su acción.
El es verdaderamente el hombre de una sola pieza, en el sentido más obvio y
literal que osamos dar a esta expresión.
Y no parece contradictorio decir que una nota personalísima e muy rara está al
alcance de todos: sabemos que están al alcance de todos, por ejemplo, la
santidad y la humildad que es el fundamento, pero sabemos también cuánto sean
raras una y otra.
Si, para los hombres inestables y volubles, el símbolo tradicional es la
bandera que cambia orientación con cada soplo de viento, para los hombres como
el Primer Maestro, el único símbolo adecuado es la estatua de la libertad, que
ha fijado una vez su mirada sobre un punto del horizonte y no lo cambia ni
siquiera un milímetro con el pasar de los años o con el suceder de los
huracanes.
La difusión del evangelio con los medios más rápidos y más eficaces no ha sido,
para el Primer Maestro, el fin secundario de su vida religiosa, como diría un
jurista; ha sido, durante 70 años, su gran amor, el faro que le ha indicado la
ruta y ha iluminado todos sus pasos; ha sido su gran razón de vivir, de
trabajar, de luchar y de inventar. A este ideal todo, en él, estaba
subordinado; todo estaba condicionado por este ideal, y, fuera de este ideal,
él se sentía realmente como un despatriado.
No es irreverente notar que el campo de sus intereses intelectuales era un
poco limitado. Y, teniendo en cuenta de los límites humanos a los cuales los
hombres extraordinarios no pueden someterse, podemos agregar que este era un
efecto inevitable del mismo ideal que se ha prefijado.
Muchos intereses humanos podían ser importantes para otros, pero no para él,
que no encontraba en ellos ningún legamen con su ideal, con el objeto de todos
sus pensamientos. Muchos conocimientos humanos que, sin ser indispensables,
están bien en la cultura general de un sacerdote, no le robaron nunca una hora
de su tiempo, porque él les veía como a los márgenes del camino que se había
trazado y que corría siempre en línea recta, en dirección de sus objetivos
¿El Primer Maestro ha sido el hombre de su tiempo, como ha sido dicho y
repetido? Ha sido, sí el hombre de su tiempo, se tenemos presente su
estructura anímica, su fisonomía espiritual y su siempre incambiante polaridad
de su pensamiento.
Que lo admitamos o no lo admitamos, nuestro tiempo es penosamente demagógico,
tan pobre de hechos concretos y de pensamientos profundos cuanto ricos de
discusiones, diatribas, conferencias, conferencias grandes, diálogos que son
muchas veces monólogos contemporáneos o yuxtapuestos y que concluyen muchos
como la conferencia para la paz de París. Como hombre, el Primero Maestro ha
sido el otro lado de la moneda, la negación del espíritu de nuestro tiempo.
Para él, contaban solo los hechos.
Los que lo han escuchado con atención, especialmente en su ancianidad,
recuerdan cuántas prédicas o exhortaciones y hasta artículos él comenzaba con
un verbo al infinito: Creer... Proponer... Orar... Reflexionar.. ¿Por qué esta
desgramatizada, o, si queremos este tipo del todo inusitado normalmente?
Porque el verbo es la palabra de acción por excelencia y, de cualquier modo,
anuncia ya una conclusión. Y el Primer Maestro, en su ansia por quemar todas
las etapas, habría querido comenzar siempre por las conclusiones. Para él, los
preámbulos, la premisas, las discusiones y todos los adornos literarios eran
una pérdida de tiempo. Si fuese todavía vivo entre nosotros como hace algunos
años, desaprobaría también este mi tímido tentavo de penetrar en las llagas de
su ánimo para descubrir algunas de las que no se reflexiona delante de él. Lo
desaprobaría al menos como pérdida de tiempo.
La fisonomía espiritual del Primer Maestro se reveló muy bien en sus
predicaciones. Tenía la fuerte pasión y todos los dotes necesarios para ser un
brillante orador, pero fue brillante solo algunas veces en la juventud, cuando
era todavía menos presionado y casi prisionero de sus ideales. Más tarde, él
confió toda la eficacia de su palabra a las profundas convicciones con las
cuales exponía, dejando de lado la forma. Y, justamente por esta profunda
convicción que lo animaba es que no habría nunca tenía duda, debería parecerle
una especie de sacrilegio que alguien pusiera en duda lo que decía.
* * *
Pienso que,
para conocer mejor la personalidad del Primer Maestro, sería muy útil e
interesante un estudio profundo sobre la génesis y sobre los aspectos
particulares de su devoción a San Pablo, teniendo presente que ella fue la
primera entre las devociones paulinas y que era practicada profundamente, más
que la del Divino Maestro y la de la Reina de los Apóstoles, aún cuando la
obra del P. Alberione se llamaba "Topografía Pequeño Obrero" o "Escuela
Tipográfica Editorial", entonces, no tenía, en el nombre, nada que ver con el
legamen con San Pablo.
Un estudio profundo nos revelaría sin duda que el Primer Maestro veía a San
Pablo como un gran Apóstol, el gran propagador del Evangelio, pero también, y
más aún, como un modelo para ser imitado como hombre. Lo ataría y lo subyugaba
el Pablo lanzado en cuerpo y alma en un único ministerio, la predicación del
Evangelio, que, para ejercer este ministerio, confía a otros la tarea de
bautizar, que es también fundamental en la misión que se le confió a los
Apóstoles por parte del Maestro divino. Lo atrae el Pablo que, en el ejército
de Dios, asume para sí la parte del soldado azadonero, para llegar primero
allá donde los otros no han llegado aún, el Pablo que no descansa sobre los
que había conquistado, pero, mientras funda una comunidad cristiana, tiene ya
la mente vuelta hacia otra comunidad que tiene en el corazón para ser fundada;
el Pablo que defiende su misión contra todos y contra todo; el Pablo que
muere, pero no se rinde.
Dicho con otras palabras, San Pablo no era, para el Primer Maestro, el gran
Patrón delante de Dios, sino más bien el gran modelo de hombre, un modelo al
cual habría amado pareciéndose y al cual se parecía en su carácter, y, por
consiguiente, en muchos aspectos positivos y también en cualquier lado débil,
como es la necesidad de estar siempre en primera fila, posiblemente solo, y la
duro sufrimiento delante de quien se le atravesare en su camino en la
realización de sus planes apostólicos. Como San Pablo, él sabía tolerar con
desenvoltura las ofensas estrechamente personales, pero no los obstáculos
encontrados en su apostolado. Y todos saben que episodios como el del mago Elima
no se verificaron una sola vez en su vida.
Hablar en circunstancias como ésta quiere decir perder el tiempo y hacerlo
perder. Creo que sea meritorio hacerles perder un poco, entonces concluyo
enseguida.
Si, como creemos, el Primer Maestro está en este momento en la luz de Dios, y
si, en aquella luz, como enseñan muchos, los fundadores ven y siguen con amor
particular a sus hijos todavía peregrinos sobre la tierra, pienso que él
proveerá que nosotros, aquí, a pocos pasos de sus restos mortales, enunciamos
simplemente dos constataciones que se pueden desarrollar mucho y que nos
dicen, en sustancia, que no lo imitamos muy de cerca.
Primero. No comprendemos bastante y no enseñamos bastante la
importancia que tiene en la vida un gran ideal para ser cultivado
constantemente. Nos contentamos con pequeñas cosas, aspiraciones modestas,
vamos a la caza de mariposas bajo el arco de Tito, con la consecuencia de
estar siempre descontentos. Somos pequeños, pero solo los grandes ideales nos
pueden apagar de cualquier manera.
Segundo. Hacemos pompa del título de "paulinos", como los políticos
hacen pompa de "democrático" y "democracia", especialmente cuando no son
democráticos; pero, en práctica, somos siempre menos paulinos en el
sentido que no estudiamos a San Pablo, lo conocemos muy poco, y nos inspiramos
también poco en sus ejemplos. Nos inspiramos más fácilmente en las decem
millia paedagogorum, entre los cuales de verdad no encontramos los padres de
que hablaba san Pablo. Mi manera de ver las cosas, la vuelta a los orígenes
del cual tanto se habla, para nosotros paulinos, quiere decir principalmente
una vuelta al estudio y a la imitación de San Pablo.
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