Testimonios - P. Silvio Pignotti, ssp 
 

HOMILIA DEL P. SILVIO PIGNOTTI
27 de Novembre de 1971 - Concelebración de la tarde (Cripta "Regina Apostolorum")

En estos días, como prevé el programa, nos encontramos repetidamente todos juntos, aquí, en la Iglesia y muchos de iniciativa personal multiplicarán las visitas y prolongarán su estadía. Son los sentimientos de afecto y de reconocimiento que nos llevan hacia los restos mortales del Primero Maestro y nos inducen a ofrecer un sufragio por él. El ha sido nuestro Padre. Pero mientras hacemos sufragio por el alma, no está fuera de lugar meditar sobre sus enseñanzas y sus ejemplos. No sin motivo estábamos acostumbrados a llamarlo y, casi seguramente, también seguido continuaremos a llamarlo el "Primer Maestro".

Analizando los escritos y las predicaciones de nuestro Fundador, aparece inmediatamente evidente que uno de los temas más frecuentes está relacionado con la oración. Los más ancianos de los Hermanos todavía tienen ese recuerdo. En los ejercicios espirituales, en los retiros mensuales, en las meditaciones cotidianas con mucho gusto hacía objeto de sus consideraciones la oración. No por casualidad los dos escritos que cronológicamente abren y cierran el volumen de "Carissimi en San Paolo", tocan este tema. La primera es una circular de junio de 1933, dirigida a los hijos que habían dejado Casa Madre para trasplantar la joven Congregación en otras ciudades de Italia y del exterior. Se lee en esta volumen en esta exhortación: "Que tengan el fervor hacia Dios: es decir, además de la primera que es la caridad hacia los Hermanos y las almas, la caridad hacia el Señor. Es necesario el fervor, es necesaria la fidelidad, es necesaria lanzarse en las cosas de la piedad. Tengan las cosas de la piedad aprendidas en Casa Madre: conserven el silencio operoso y amoroso, en el cual pueden unirse a Dios: digan muchas jaculatorias, hagan muchas comuniones espirituales" (Carissimi in San Paolo, pag. 9).

El segundo, que puede ser considerado el último de sus escritos, publicado en el Boletín "San Pablo" de abril de 1969, contiene un difuso cometario sobre los misterios del Rosario y una implícita invitación a la récita frecuente (cfr. Carissimi in San Paolo, pp. 1461-1472).
   
En 1934, la predicación de los Ejercicios espirituales ilustró ampliamente el tema de la oración. En 1937 esas reflexiones fuero recogidas en un opúsculo. El Primer Maestro, al informa a los Hermanos de la publicación, consideró oportuno ilustrar las ideas de fondo sobre el boletín "San Pablo". Tenemos uno de los textos más incisivos de todos sus escritos: "La oración para el hombre, el cristiano, el religioso, el sacerdote es el primer u máximo deber".

"Ninguna contribución mayor podemos dar a la Congregación, como lo es la oración; ninguna obra más útil para nosotros, que la oración: ningún trabajo más provechoso para la Iglesia en un sacerdote que la oración".

"La oración, antes de todo, sobre todo, vida de todo".

"Puede venir la tentación: tengo mucho, demasiado trabajo: pero el primer trabajo para ti, el máximo mandato para un Sacerdote, el principal aporte a la Congregación es la oración..."

"¿Ocupaciones? Pero la Iglesia, la Congregación, nuestra alma nos piden la oración, después lo demás de acuerdo a las posibilidades".

¿Ocupaciones? Primero Dios, después los hombres. ¿Ocupaciones? Pero la vida de las obras es la gracia, por eso sin la oración haremos obras muertas...". (Carissimi in San Paolo, pp. 97-98).
   
La cita se podría multiplicar sin dificultad. El no dice cosas nuevas: hombre de acción, las actividades no le consienten la profundización teórica y la creación personal en el campo doctrinal. Debe limitarse a tomar las cosas que otros han dicho, permaneciendo al seguro en cuanto a la doctrina de la Tradición y de la enseñanza de la Iglesia. Pero lo que de los otros ha sido dicho, él lo inculca a sus propios hijos, después de haber hecho una experiencia personal muy intensa.

Y en realidad, él ha sido maestro de oración, vigoroso e incisivo, con el ejemplo de la propia vida, más todavía que con la palabra y la escritura. Muy temprano por la mañana, y a horas bien determinadas en el curso del día, se entretenía largamente en la iglesia, casi siempre de rodillas, orando y meditando.

A los Diáconos que se preparaban para la ordenación sacerdotal y, también, a los mismos sacerdotes, les aconsejaba de dedicar cuatro horas diarias a la oración. Pero antes de decírselo a los demás, tal sugerencia, la realizaba primero él. No existían momentos vacíos en su jornada. Los tiempos sobrantes eran sistemáticamente destinados a la oración. Los hermanos que han tenido la tarea de acompañarlo en el automóvil en sus frecuentes viajes afirman unánimemente que la mayor parte de las horas de viaje eran empleadas a la recita del rosario.

Sobre este punto, la persona que ha tenido la oportunidad de vivir junto a él durante algún tiempo tiene seguramente experiencias para contar. Personalmente, conservo todavía viva una impresione de cuando todavía era estudiante de bachillerato. Si estaba en Roma en la segunda mitad de julio de 1945. A causa de una complicación pulmonar, además de una operación de apendicitis, moría el P. Restelli. Horas después llegaba la noticia que en un accidente automovilístico otro sacerdote estaba gravemente herido y había sido hospitalizado. El Primer Maestro no hizo ningún comentario. Durante todo el rito de sufragio del P. Restelli, se postró por más de una hora, él permaneció de rodillas en el último banco, al fondo de la capilla, con la cabeza entre sus manos, inmóvil.

En el opúsculo autobiográfico "Yo estoy con ustedes", él mismo nos cuenta cómo la inspiración fundamental de su vida, la de tener una institución, cuyos miembros de dedicasen a la difusión del mensaje evangélico mediante los medios de la Comunicación Social, se adhirió a su espíritu durante una adoración eucarística que tuvo lugar en la noche que signó el pasaje del siglo XIX al XX.

El diálogo prolongado con Dios ha permanecido como una de las constantes de su vida. También durante estos últimos dos años, en los cuales el declino de sus fuerzas físicas lo obligaron a una total inactividad, él continuó orando. Sentado en una silla o lentamente paseando entre su habitación y su oficina, nunca abandonaba la corona del rosario.

En la oración ponía absoluta fe y de ella tomaba luz y energías para la acción. Ante una situación delicada o un problema difícil, no era raro escucharlo repetir: "Tomemos un tiempo, algunos días antes de decidir. Oremos por esto y celebremos una Santa Misa".

El a sido un verdadero maestro de vida interior y de oración. Se somos fieles a sus enseñanzas y sabemos seguir sus ejemplos, no obstante la diversidad de las situaciones en la cual nos encontremos, seguramente caminaremos bien, llevando delante con fe la misión que él hoy nos deja como herencia.

   

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