Testimonios
 

Testimonio De Sor M. Rosangela Bruzzone, PDDM

Querido Padre Alberione:

Con ocasión del gran acontecimiento de tu beatificación, me piden un testimonio escrito. No te he visto ni encontrado, pero sé que tú tenías un carácter esquivo y alérgico a los aplausos: por esto prefiero dar el testimonio bajo forma de carta personal, porque la inmediatez del "tú" refuerza la cercanía y el afecto.

Tú sabes que desde pequeña me atraían los libros y los cines sobre las vidas de santos: quería arrancar el secreto de su alegría. Y ahora, ¡me lo encuentro en la familia! ¿Cómo me hice hija tuya?

En torno a los veinte años sentía la atracción por la vida claustral: ¿por qué luego elegí a las Pías Discípulas del Divino Maestro? No las elegí, me salieron al encuentro como un regalo, con su estilo de vida contemplativo-apostólico.

Me dijeron que el 21 de noviembre de 1923 tú habías puesto a parte a Úrsula Rivata y a Matilde Gerlotto, tomadas del grupo de las Hijas de San Pablo, y les habías dado una  consigna condensada en tres palabras: "Haréis silencio, silencio, silencio". ¡Me gustó enseguida! Comprendí que no era mutismo, sino recogimiento lleno de una  Presencia, resonante de la Palabra, tenso hacia la escucha, abierto a la comunión...

¡Tu amor a la Eucaristía y a la Palabra! En mi adolescencia cogí en las manos un evangelio de cien liras (recuerdo bien la portada con la figura de Jesús Maestro) y la Biblia de mil liras que encontré en la pequeña librería en casa: ¡gracias a ti y a tu ansia apostólica! Y en el día de "desierto"  en el que tuve la certeza de mi vocación, Dios se sirvió de aquella frase que has querido grabada  en toda capilla de la Familia Paulina: "No temáis. Yo estoy con vosotros. Desde aquí quiero iluminar. Vivid en continua conversión". La leí, me arrodillé ante el Sagrario, busqué luz en la Escritura... La sorpresa, la gratitud, la paz de aquel momento siguen vivas en mi corazón, después de tiempo.

La primera vez que leí tu biografía me llamó la atención este episodio: en la noche de Navidad de 1918, pocos años después del nacimiento de la Escuela tipográfica, que fue el núcleo de la futura Sociedad de San Pablo, un incendio destruyó los locales, pero a quien te comunicaba su pena, respondiste: ¡Esto es menos grave que un pecado venial! ¡Qué valentía y tenacidad, qué claridad de ideas! Podías haberte sentido "un milagro de Dios", o, como te definiría Pablo VI, "uno que es entre las maravillas de nuestro siglo".

Siento una sintonía también con otro eslogan tuyo: "La oración ante todo, la oración sobre todo, la oración vida de todo" En propia persona, has experimentado la verdad y eficacia de esta afirmación: ¡dicen que rezabas ocho horas al día! Me atrae luego también tu definición de la santidad: "la obstinación de cumplir la voluntad de Dios siempre, a toda costa". Pero con humildad, confiando en la maternal intercesión de María. Por esto, desde los comienzos, has adoptado para tus jóvenes la coronita del Cottolengo, que todavía hoy las Pías Discípulas del Divino Maestro rezan cada mañana: "¡Virgen María, Madre de Jesús, haznos santos!"  Pero santos para hoy, como afirmaste tú en el primer Congreso internacional de los religiosos celebrado en Roma en 1950; remachada la urgencia pastoral de adoptar nuevas técnicas de comunicación, concluías: "se necesitan santos que nos precedan por estos caminos aún no trillados, en estos apostolados que requieren mayor espíritu de sacrificio y una  piedad más profunda".  Pues bien, tú has sido el ejemplo de esta santidad especial para nuestro tiempo: una irrupción de luz, de vida, de esperanza para la Iglesia y para el mundo, porque tú creíste en la fuerza invencible de Dios.

¡Gracias, Primer Maestro, porque fuiste dócil al Espíritu: ayúdame a convertirme, a sentir la responsabilidad del carisma, a ser fiel a él, a contagiar a otros, a llegar a todos a través de la oración.

Roma, febrero de 2003
   

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