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Introducción
A las Pías
Discípulas del Divino Maestro que tienen en la Familia Paulina "una misión
fundamental y vital, escondida como las raíces, pero alimenticia para el
tronco, las ramas, las flores, las hojas, los frutos".
A las Hermanas Pastorcitas que son en la Iglesia la expresión más alta de la
mujer asociada al servicio sacerdotal.
A los tres Institutos: "Anunciatinas", "Gabrielinos" y "Jesús Sacerdote",
última fundación del Padre común, y luego la predilecta en estos últimos años
de vida, gracia y paz en el Señor.
En memoria
En este momento pienso en las lágrimas derramadas por Jesús Maestro
delante de la tumba de Lázaro con sus dos hermanas.: Marta y María. Viendo el
llanto de Jesús, muchos exclamaban: "Miren como lo amaba".
De esta manera pienso se puede repetir aquí, esta tarde. El dolor y el amor
que a todos nos reúne al rededor de los venerados restos mortales de nuestro
Padre, sea nuestra viva ofrenda en esta Santa Misa. El viernes por la tarde,
26 de noviembre, después del último saludo y la bendición del Papa, se ha
cumplido para el Primer Maestro lo que él había querido quizás impreso sobre
la imagen recuerdo de su 60° aniversario de ordenación sacerdotal, el 29 de
junio de 1967.
"Salido
del Padre
he venido al mundo;
ahora dejo el mundo,
y voy al Padre".
Todos
nosotros amamos pensar en la gloria del Cielo: antes que nada por las
oraciones que dirigimos a Jesús, eterno sacerdote, la tarde del jueves santo:
"Padre, que donde yo estoy, estén también conmigo aquellos que me has confiado,
para que vean mi gloria que tú me han dado" (Jn 17, 24); y en segundo lugar
porque no podemos dudar, que el Divino Maestro no haya gastado la oración
escrita por él en sus notas de examen de conciencia en 1942 y que repetía
todos los días. Es esta:
"Te pido,
oh Jesús Maestro, tres gracias antes de morir:
1) Hazme
reparar todos los pecados y las pérdidas de gracia que he tenido por dureza
de corazón y malicia.
2) LLegar a la perfección y mérito, al cual me has destinado creándome.
3) Perdón y reparación por todos los pecados y las pérdidas de gracia hecha
a los demás por mi causa.
Sea, Oh
Jesús, en mí glorificada tu misericordia y la paz para los hombres" (1942).
Pienso que se alegrará nuestro amado y venerado Padre, si unimos a nuestro
sacrificio eucarístico algunas intenciones: 1° Agradecer al Señor por todas
las maravillas de gracias que nos ha concedido y por medio de él a la Iglesia,
a la Familia Paulina, a toda la humanidad.
2° Pedir la gracia de poder heredar su espíritu, como sacerdote, como
consagrado, como Paulino.
3° Que desde el Cielo él nos ayude a realizar juntos, el proyecto escrito de
su puño para los Sacerdotes del Instituto "Jesús Sacerdote", en junio de 1969:
"¡Adelante!
¡Hasta el cielo! Crecer en santidad y número".
4°
Finalmente que el Divino Maestro también aquí en la tierra, para nuestra
consolación, y para la gloria de la Iglesia, como ejemplo y ánimo de todos los
que trabajan por el Reino de Dios con los medios de la comunicación social,
éste su "siervo fiel y prudente que ha constituido jefe de una gran familia".
* * *
No es mi
pensamiento trazar esta tarde una conmemoración de nuestro amado Padre: mi
deseo es que él permanezca "confidencialmente" con nosotros, sus hijos, para
revelarnos algunos momentos de su vida interior, esa vida que a ninguno es
dada de conocer si él mismo no nos la revela, y de la cual él escribía durante
sus Ejercicios Espirituales de 1914 en sus notas:
"Esta
vida interior es el principio de la vida exterior: es la vida esencial,
eterna, fiel, divina. Me acerca a Dios: en el ejercicio de la fe, esperanza
y caridad, me prepara a la visión, a la posesión, al gozo en Dios, por
Jesucristo, en el Espíritu Santo" (1941).
Todo lo
que podamos decir son humildes cosas que no encuentran lugar en las solemnes
conmemoraciones, pueden ser dichas en un encuentro confidencial y pío como
éste. Como todos nosotros, el P. Alberione tuvo dos brazos y dos pequeñas
manos. ¿Cómo logró en su vida trasladar las montañas? La respuesta está en las
palabras de Jesús Maestro: "Si tienen fe como un grano de mostaza, dirán a
este monte: lánzate de aquí para allá", éste se lanzará, y nada le será
imposible (Mt 17,20).
En un siglo dominado por el materialismo, por el ateismo, por la negación,
nuestro Padre se alza como un gigante de la fe, para poder así hacer suya y
repetir a sus hijos las palabras de San Pablo: "Scio cui credidi, et certus
sum" – Yo sé en quien he creído y estoy seguro de ello.
Anota en sus escritos de examen de conciencia:
"La luz
del Señor se hace siempre más viva. Dios quería lo que se ha hecho en San
Pablo: lo tomaría desde el comienzo porque es lo que él quería" (1949).
En el
ochenta aniversario de vida confirma y escribe:
"Dios ha
hecho lo que quería se hiciera, no obstante que yo haya sido un inútil
siervo, en vez de ser constructor".
Esta fe de
que Dios está con él, lo sostiene en los momentos de prueba. Delante del
Tabernáculo escribe:
"Es la
hora de la prueba y de la confianza. Confío solo y todo en el Señor, en la
Reina de los Apóstoles y en San Pablo. Ninguna confianza en mí." (1948).
Al primer
Sacerdote de la Congregación, el Siervo de Dios el P. Giaccardo, le escribe:
«Me
alegra saber estás que siempre estas obligado a confiar sólo en Dios. Dios
desde siempre es bastante; en el portafolio en vez se podría encontrar
siempre menos de lo que se necesita... Nadie en el mundo está en condición
más privilegiada.
"Beatus
homo qui confidit in Domino" (1-1-27)».
Conmueve
esta búsqueda continúa de la voluntad de Dios y su donación, su disponibilidad
total para hacer esta divina voluntad:
"Oro al
Señor para que me quite mi voluntad, gusto, preferencia: para que Dios haga
lo que él quiere y como quiere sobre mí y en todos lo que me toca por el
tiempo y en la eternidad. Deseo que el Señor pueda libremente hacer y
deshacer como quiera; me reduzca a la nada si es bueno para la salud, la
estima, el puesto, las ocupaciones, las cosas más internas como las externas;
todo y solo para la gloria de Dios, para la exaltación eterna de su
misericordia, como descuento por mis pecados. Dios lo es todo. Yo le
pertenezco: soy cristiano, religioso, sacerdote. Que él pueda encontrarme en
cada momento dócil en sus manos, como ha sido Jesucristo" (1940).
Por cuatro años consecutivos, 34-35-36-37 él dirigió sus Ejercicios
Espirituales para perfeccionar su "vida de oración". He aquí algunos
propósitos de aquellos Ejercicios:
"Formar
la mentalidad de oración. Es la oración el primer deber y el primer aporte
que debo dar a la Congregación: sea de piedad paulina; sea en el mejor
tiempo y lugar".
"Mejorar:
el examen de conciencia, la visita al SS.mo Sacramento, el ejercicio de cada
una de las oraciones: sea la fuerza de la acción, la luz de la inteligencia,
el conforto del corazón".
En el año
de 1935 se propuso la "vida de oración" en la observancia de todas las
prácticas de piedad y en el trabajo de perfeccionarlas: especialmente las
eucarísticas" y concluye:
"Desde
la piedad deducir mejor la vida sustancial de Jesucristo, en la mente, en la
voluntad, en el corazón, buscando la iluminación y la mortificación".
En el año
1948 anotaba:
"Cada
día soy confirmado en la devoción a Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida.
Sobre los que la practicarán: abundancia de consolaciones, facilidad para
hacerse santos, eficacia en el apostolado".
Humiles
implevit bonis.
Si a
través de la fe, nuestro Padre logró en su vida trasladar las montañas, por su
humildad fue recolmado de gracias: Dios ha visto la humildad de este Siervo
suyo y lo colmó de dones: "Humiles implevit bonis".
Se me permita recordar dos episodios muy significativos.
Nuestro Padre en 1954, vigilia de la canonización del Papa S. Pío X, pidió una
audiencia al Card. Frings, Arzobispo de Colonia, primado de Alemania, para
pedirle permiso de abrir en aquella diócesis una Casa Paulina. El Cardenal lo
recibió con reservada benevolencia. El Primer Maestro presentó su pedido
ilustrando a la Familia Paulina.
A cierto punto el Cardenal que estaba observándolo, le preguntó varias veces:
"¿Es usted el fundador y superior general?".
Como no había escuchado, el P. Alberione continuó presentándole las distintas
Congregaciones que forman la Familia Paulina.
Cuando llegó el momento de hablar de las Pastorcitas, el Cardenal con un tono
que no admitía espera, le preguntó nuevamente: ¿Pero Usted es el superior
General?".
Como no podía evadir la pregunta. El P. Alberione haciéndose más pequeño en su
persona, respondió: "Sí como soy el más viejo de todos, hago de Padre a
aquellos que son más jóvenes que yo".
Y no agregó otra palabra. El Cardenal sorprendido y admirado lo miraba como si
mirara a los santos.
Cuando el Papa Juan XXIII, todavía Patriarca de Venecia, lo vio por primera
vez el P. Alberione, se dirigió a él para pedirle una carta de recomendación
para obtener de la Sagrada Congregación de los Ritos la aprobación de la Misa
del Divino Maestro, no se pudo contener de exclamar: "¿Eso es todo P.
Alberione?". Después de la audiencia, encontrando a las Hijas de San Pablo de
esa ciudad, dijo: "Había imaginado al P. Alberione distinto, ahora entiendo su
Obra: he visto la humildad en persona".
Pero volviendo a las confidencias del Padre, que con relación a éstas son
verdaderamente unos textos que conmueven. He aquí algunas:
"En este
mes el Divino Maestro me haga conocer con una luz más clara mi nulidad; como
hombre, como cristiano, como sacerdote y como miembro de la Pía Sociedad de
San Pablo" (1946).
Unos años
después del mismo año, anota:
"En
diciembre de 1946 el Señor se dignó de consolarme mucho y orientar mi
espíritu en sueño. Llegué al Cielo me parecía que los Ángeles y los Santos
se rehusaban a recibirme en su compañía: al verme huían cuando veían que era
un ser miserable y lleno de pecados... Entonces intervino la Madre de todas
las misericordias, María; les hizo ver el cúmulo de gracias que ella había
infundido en mi alma y cuánto era su especial amor para conmigo. Después les
invitaba a acompañarme con alegría, porque no obstante todo, le era un hijo
muy querido; y un prodigio de Su materna misericordia; un alma a la que el
Bendito Jesús miles de veces había aplicado su sangre de redención. Dios sea
glorificado y su Madre".
Todos
nosotros amamos pensar qué distinto haya sido el recibimiento reservado por el
Maestro Divino la tarde del 26 de noviembre, último día del año litúrgico,
cuando se cumplió para él el Adviento del Señor, es decir la venida de Jesús
con todos sus Santos para revestirlo con la estola de gloria
"Todo lo confío en María: para la redención del pasado; para la santificación
de la vida; para la correspondencia a la vocación; para el gobierno de la
Congregación" (1939).
"Estoy contento de mi miseria porque en eterno mejor glorificado el Redentor,
y será magnificada con El la Corredentora. Confío en salvarme por la Divina
Misericordia, por la SS.ma Madre María, mi esperanza" (1948).
Y
finalmente estas palabras suenan como testamento:
"Estoy
contento que venga la muerte a ponerle fin a mis pecados, no soy digno de
estar más allá de su tierra: que venga alguien más digno a tomar mi puesto.
Oro al Señor para que lo llene de las virtudes y luces y fuerzas y gracias
más grandes" (15-2-1948).
"Acepto
todo para la expiación, para la gloria de Dios, por las almas, por el
Instituto. El bien es sólo y todo de Dios".
Finalmente su deseo:
"Quiero ser
un buen paulino al menos en el Cielo: allá arriba seré hermano de los
hermanos. Pido desde ahora de socorrer desde allá a todos los que usarán los
medios más rápidos y eficaces para el bien".
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