Testimonios -  - P. Stefano Lamera, ssp 
 

HOMILIA DEL P. STEFANO LAMERA
29 de Novembre de 1971 - Concelebración de la tarde
(Cripta "Regina Apostolorum")

Introducción

A las Pías Discípulas del Divino Maestro que tienen en la Familia Paulina "una misión fundamental y vital, escondida como las raíces, pero alimenticia para el tronco, las ramas, las flores, las hojas, los frutos".

A las Hermanas Pastorcitas que son en la Iglesia la expresión más alta de la mujer asociada al servicio sacerdotal.

A los tres Institutos: "Anunciatinas", "Gabrielinos" y "Jesús Sacerdote", última fundación del Padre común, y luego la predilecta en estos últimos años de vida, gracia y paz en el Señor.

En memoria

En este momento pienso en las lágrimas derramadas por Jesús Maestro delante de la tumba de Lázaro con sus dos hermanas.: Marta y María. Viendo el llanto de Jesús, muchos exclamaban: "Miren como lo amaba".

De esta manera pienso se puede repetir aquí, esta tarde. El dolor y el amor que a todos nos reúne al rededor de los venerados restos mortales de nuestro Padre, sea nuestra viva ofrenda en esta Santa Misa. El viernes por la tarde, 26 de noviembre, después del último saludo y la bendición del Papa, se ha cumplido para el Primer Maestro lo que él había querido quizás impreso sobre la imagen recuerdo de su 60° aniversario de ordenación sacerdotal, el 29 de junio de 1967.

"Salido del Padre
he venido al mundo;
ahora dejo el mundo,
y voy al Padre".

Todos nosotros amamos pensar en la gloria del Cielo: antes que nada por las oraciones que dirigimos a Jesús, eterno sacerdote, la tarde del jueves santo: "Padre, que donde yo estoy, estén también conmigo aquellos que me has confiado, para que vean mi gloria que tú me han dado" (Jn 17, 24); y en segundo lugar porque no podemos dudar, que el Divino Maestro no haya gastado la oración escrita por él en sus notas de examen de conciencia en 1942 y que repetía todos los días. Es esta:

"Te pido, oh Jesús Maestro, tres gracias antes de morir:

1) Hazme reparar todos los pecados y las pérdidas de gracia que he tenido por dureza de corazón y malicia. 
2) LLegar a la perfección y mérito, al cual me has destinado creándome.
3) Perdón y reparación por todos los pecados y las pérdidas de gracia hecha a los demás por mi causa. 

Sea, Oh Jesús, en mí glorificada tu misericordia y la paz para los hombres" (1942).
   
Pienso que se alegrará nuestro amado y venerado Padre, si unimos a nuestro sacrificio eucarístico algunas intenciones: 1° Agradecer al Señor por todas las maravillas de gracias que nos ha concedido y por medio de él a la Iglesia, a la Familia Paulina, a toda la humanidad.

2° Pedir la gracia de poder heredar su espíritu, como sacerdote, como consagrado, como Paulino.

3° Que desde el Cielo él nos ayude a realizar juntos, el proyecto escrito de su puño para los Sacerdotes del Instituto "Jesús Sacerdote", en junio de 1969:

"¡Adelante! ¡Hasta el cielo! Crecer en santidad y número".

4° Finalmente que el Divino Maestro también aquí en la tierra, para nuestra consolación, y para la gloria de la Iglesia, como ejemplo y ánimo de todos los que trabajan por el Reino de Dios con los medios de la comunicación social, éste su "siervo fiel y prudente que ha constituido jefe de una gran familia".

* * *

No es mi pensamiento trazar esta tarde una conmemoración de nuestro amado Padre: mi deseo es que él permanezca "confidencialmente" con nosotros, sus hijos, para revelarnos algunos momentos de su vida interior, esa vida que a ninguno es dada de conocer si él mismo no nos la revela, y de la cual él escribía durante sus Ejercicios Espirituales de 1914 en sus notas:

"Esta vida interior es el principio de la vida exterior: es la vida esencial, eterna, fiel, divina. Me acerca a Dios: en el ejercicio de la fe, esperanza y caridad, me prepara a la visión, a la posesión, al gozo en Dios, por Jesucristo, en el Espíritu Santo" (1941).

Todo lo que podamos decir son humildes cosas que no encuentran lugar en las solemnes conmemoraciones, pueden ser dichas en un encuentro confidencial y pío como éste. Como todos nosotros, el P. Alberione tuvo dos brazos y dos pequeñas manos. ¿Cómo logró en su vida trasladar las montañas? La respuesta está en las palabras de Jesús Maestro: "Si tienen fe como un grano de mostaza, dirán a este monte: lánzate de aquí para allá", éste se lanzará, y nada le será imposible (Mt 17,20).

En un siglo dominado por el materialismo, por el ateismo, por la negación, nuestro Padre se alza como un gigante de la fe, para poder así hacer suya y repetir a sus hijos las palabras de San Pablo: "Scio cui credidi, et certus sum" – Yo sé en quien he creído y estoy seguro de ello.

Anota en sus escritos de examen de conciencia:

"La luz del Señor se hace siempre más viva. Dios quería lo que se ha hecho en San Pablo: lo tomaría desde el comienzo porque es lo que él quería" (1949).

En el ochenta aniversario de vida confirma y escribe:

"Dios ha hecho lo que quería se hiciera, no obstante que yo haya sido un inútil siervo, en vez de ser constructor".

Esta fe de que Dios está con él, lo sostiene en los momentos de prueba. Delante del Tabernáculo escribe:

"Es la hora de la prueba y de la confianza. Confío solo y todo en el Señor, en la Reina de los Apóstoles y en San Pablo. Ninguna confianza en mí." (1948).

Al primer Sacerdote de la Congregación, el Siervo de Dios el P. Giaccardo, le escribe:

«Me alegra saber estás que siempre estas obligado a confiar sólo en Dios. Dios desde siempre es bastante; en el portafolio en vez se podría encontrar siempre menos de lo que se necesita... Nadie en el mundo está en condición más privilegiada. "Beatus homo qui confidit in Domino" (1-1-27)».

Conmueve esta búsqueda continúa de la voluntad de Dios y su donación, su disponibilidad total para hacer esta divina voluntad:

"Oro al Señor para que me quite mi voluntad, gusto, preferencia: para que Dios haga lo que él quiere y como quiere sobre mí y en todos lo que me toca por el tiempo y en la eternidad. Deseo que el Señor pueda libremente hacer y deshacer como quiera; me reduzca a la nada si es bueno para la salud, la estima, el puesto, las ocupaciones, las cosas más internas como las externas; todo y solo para la gloria de Dios, para la exaltación eterna de su misericordia, como descuento por mis pecados. Dios lo es todo. Yo le pertenezco: soy cristiano, religioso, sacerdote. Que él pueda encontrarme en cada momento dócil en sus manos, como ha sido Jesucristo" (1940).


Por cuatro años consecutivos, 34-35-36-37 él dirigió sus Ejercicios Espirituales para perfeccionar su "vida de oración". He aquí algunos propósitos de aquellos Ejercicios:

"Formar la mentalidad de oración. Es la oración el primer deber y el primer aporte que debo dar a la Congregación: sea de piedad paulina; sea en el mejor tiempo y lugar".

   "Mejorar: el examen de conciencia, la visita al SS.mo Sacramento, el ejercicio de cada una de las oraciones: sea la fuerza de la acción, la luz de la inteligencia, el conforto del corazón".

En el año de 1935 se propuso la "vida de oración" en la observancia de todas las prácticas de piedad y en el trabajo de perfeccionarlas: especialmente las eucarísticas" y concluye:

"Desde la piedad deducir mejor la vida sustancial de Jesucristo, en la mente, en la voluntad, en el corazón, buscando la iluminación y la mortificación".

En el año 1948 anotaba:

"Cada día soy confirmado en la devoción a Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida. Sobre los que la practicarán: abundancia de consolaciones, facilidad para hacerse santos, eficacia en el apostolado".

Humiles implevit bonis.

Si a través de la fe, nuestro Padre logró en su vida trasladar las montañas, por su humildad fue recolmado de gracias: Dios ha visto la humildad de este Siervo suyo y lo colmó de dones: "Humiles implevit bonis".
   
Se me permita recordar dos episodios muy significativos.

Nuestro Padre en 1954, vigilia de la canonización del Papa S. Pío X, pidió una audiencia al Card. Frings, Arzobispo de Colonia, primado de Alemania, para pedirle permiso de abrir en aquella diócesis una Casa Paulina. El Cardenal lo recibió con reservada benevolencia. El Primer Maestro presentó su pedido ilustrando a la Familia Paulina.
   
A cierto punto el Cardenal que estaba observándolo, le preguntó varias veces: "¿Es usted el fundador y superior general?".

Como no había escuchado, el P. Alberione continuó presentándole las distintas Congregaciones que forman la Familia Paulina.

Cuando llegó el momento de hablar de las Pastorcitas, el Cardenal con un tono que no admitía espera, le preguntó nuevamente: ¿Pero Usted es el superior General?".
  
Como no podía evadir la pregunta. El P. Alberione haciéndose más pequeño en su persona, respondió: "Sí como soy el más viejo de todos, hago de Padre a aquellos que son más jóvenes que yo".

Y no agregó otra palabra. El Cardenal sorprendido y admirado lo miraba como si mirara a los santos.

Cuando el Papa Juan XXIII, todavía Patriarca de Venecia, lo vio por primera vez el P. Alberione, se dirigió a él para pedirle una carta de recomendación para obtener de la Sagrada Congregación de los Ritos la aprobación de la Misa del Divino Maestro, no se pudo contener de exclamar: "¿Eso es todo P. Alberione?". Después de la audiencia, encontrando a las Hijas de San Pablo de esa ciudad, dijo: "Había imaginado al P. Alberione distinto, ahora entiendo su Obra: he visto la humildad en persona".

Pero volviendo a las confidencias del Padre, que con relación a éstas son verdaderamente unos textos que conmueven. He aquí algunas:

"En este mes el Divino Maestro me haga conocer con una luz más clara mi nulidad; como hombre, como cristiano, como sacerdote y como miembro de la Pía Sociedad de San Pablo" (1946).

Unos años después del mismo año, anota:

"En diciembre de 1946 el Señor se dignó de consolarme mucho y orientar mi espíritu en sueño. Llegué al Cielo me parecía que los Ángeles y los Santos se rehusaban a recibirme en su compañía: al verme huían cuando veían que era un ser miserable y lleno de pecados... Entonces intervino la Madre de todas las misericordias, María; les hizo ver el cúmulo de gracias que ella había infundido en mi alma y cuánto era su especial amor para conmigo. Después les invitaba a acompañarme con alegría, porque no obstante todo, le era un hijo muy querido; y un prodigio de Su materna misericordia; un alma a la que el Bendito Jesús miles de veces había aplicado su sangre de redención. Dios sea glorificado y su Madre".

Todos nosotros amamos pensar qué distinto haya sido el recibimiento reservado por el Maestro Divino la tarde del 26 de noviembre, último día del año litúrgico, cuando se cumplió para él el Adviento del Señor, es decir la venida de Jesús con todos sus Santos para revestirlo con la estola de gloria

"Todo lo confío en María: para la redención del pasado; para la santificación de la vida; para la correspondencia a la vocación; para el gobierno de la Congregación" (1939).
   
"Estoy contento de mi miseria porque en eterno mejor glorificado el Redentor, y será magnificada con El la Corredentora. Confío en salvarme por la Divina Misericordia, por la SS.ma Madre María, mi esperanza" (1948).

Y finalmente estas palabras suenan como testamento:

"Estoy contento que venga la muerte a ponerle fin a mis pecados, no soy digno de estar más allá de su tierra: que venga alguien más digno a tomar mi puesto. Oro al Señor para que lo llene de las virtudes y luces y fuerzas y gracias más grandes" (15-2-1948).

"Acepto todo para la expiación, para la gloria de Dios, por las almas, por el Instituto. El bien es sólo y todo de Dios".

Finalmente su deseo:

"Quiero ser un buen paulino al menos en el Cielo: allá arriba seré hermano de los hermanos. Pido desde ahora de socorrer desde allá a todos los que usarán los medios más rápidos y eficaces para el bien".

 

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