Testimonios - P. Desiderio Costa, ssp 
 

HOMILÍA DEL P. DESIDERIO COSTA
29 de Noviembre de 1971 - Concelebración de la mañana
(Cripta "Regina Apostolorum")

En estos días nosotros lloramos la muerte de nuestro venerado Padre y Fundador.

¿Cómo no debe llorar un hijo la muerte del padre?

¿Cómo no llora un amigo la muerte del amigo?

Entonces nos viene a la memoria las palabras del Evangelio, cuando nos narra el pasaje aquel en que, llegando Jesús a la casa de Lázaro, preguntó a la hermana dónde habían enterrado al hermano muerto. Le respondió: "Señor, ven y veras". Jesús la siguió y llegó al sepulcro, su corazón se conmovió y lloró. Lágrimas de Jesús.

He recibido de muchas personas peticiones para repetir, para recordar como fue mi primer encuentro con el Primer Maestro.

Lo conocí el año de 1913. Tenía 12 años, estaba estudiando en el seminario diocesano de Alba, donde él era director espiritual; como mis dificultades para hacerme sacerdote eran notables, fui a verle, cuando me dijeron que podía confiar en el Padre espiritual. Me quedé enseguida fascinado de su paternal bondad, es más diría que casi materna. Me animó, y días más tardes me mandó a llamar y me dijo: "¿Mira, vendrías conmigo? así podrás hacerte sacerdote". "Sí", le respondí. Y sucedió que hacia el 20 del mes de agosto de 1914, dejé mi pueblo, con un paquetico sobre mi espalda y, acompañado por mi hermana, a pie, hicimos los 11 kms que nos separaban de Alba, nos dirigimos a la dirección que él me había dejado.

Cuando llegamos, quedé sorprendido, no encontré a nadie. Acostumbrado al seminario, pensaba que vería algunos muchachos como yo. Sin embargo nos vino a abrir la puerta una muchacha pequeña pequeña, un poco jorobada, la cual me dijo: "¿Eres el primero? Ven, ven, la cena está lista". De hecho era la hora de la cena; me dio de comer un poco de arroz, después un huevo frito, y mientras terminada la comida, llegó el señor Teólogo - es decir el P. Alberione, el Primer Maestro -, justo cuando me estaba levantando de la mesa. Fue tan sencillo, humilde, mi primer encuentro con él. El día siguiente por la mañana vi llegar a otro muchacho: era el P. Tito Armani, (con un gran sombrero en la cabeza, una corbata tipo mariposa como se usaba en esos tiempos) y enseguida nos hicimos amigos.

Nuestra amistad nos estrechó siempre cada vez más, no obstante una cierta diversidad de caracteres, bajo la mirada, la dirección del Primer Maestro, que desde el primer día nos puso al corriente de lo que el Señor esperaba de nosotros.

Esto es todo. Fíjense que no es una gran cosa. Fíjense que es una cosa sencilla. Miren cómo bromea el Señor; no podía escoger elementos más modestos para construir el gran edificio paulino, que hoy admiramos, extendido como está en todo el mundo.

Cuando muere el padre, los hijos abren su testamento para saber lo que les ha dejado. Los Padres de las almas hacen también esto en sus testamentos, hacen un testamento espiritual. El Primer Maestro una vez dijo: "No les dejaré solos, sino que les dejaré mi espíritu".

Sabemos lo que han dicho en estos días los periódicos. Lo llamaron: "Apóstol del mundo moderno", lo ha demostrado con toda su vida especialmente en estos 58 años de la fundación.

El Santo Padre ha telegrafiado recordando "los edificantes ejemplos se quedaron en la preciosa memoria del difunto"; recuerda "el siervo bueno y fiel de la Iglesia y de las almas" ; y dice a la Familia Paulina dar "reverente, grato recuerdo por sus virtudes sacerdotales su sabia obra y su celo apostólico"

He aquí aquel que hoy nosotros celebramos y que vemos delante de nuestros ojos, con el alma separada del cuerpo, pero ciertamente muy cerca de Dios, y al mismo tiempo muy cerca de nosotros. Su figura colosal, puede ser considerada desde muchos puntos de vistas. Todos, uno más bello que el otro, y realmente es difícil a uno como yo hacer una especie de síntesis de lo que se puede decir de él. Entonces me conformo con darles solamente algunos pensamientos.

¿Cómo veo al Primer Maestro en aquellos días, y en los primeros años, cómo considero al Primer Maestro hoy que ha muerto, a la edad de 87 años, precisamente después que nosotros nos hemos visto por más de medio siglo?

En aquellos momentos teníamos la impresión que fuese un ser extraordinario; ya en esos tiempos nos parecía un gigante. Esa visión que teníamos de él continuó siempre hasta hoy.

El comenzó desde la nada y llegó a grandes cosas. No debemos nunca sentirnos triunfalistas. Saben que para el triunfalismo es necesario poner una piedra sobre otra y no usarla más.

Nosotros sin embargo debemos reconocer la obra de Dios; reconocer que el Señor nos ha hecho testigos, compañeros, discípulos de este hombre, el cual será ciertamente considerado uno de los más grandes hombres de la historia. Será sin duda reconocido entre los más grandes santos fundadores. Esta es nuestra absoluta certeza y esta es nuestra oración al Señor, que se digne, para su gloria, de exaltar a su siervo. Y sirva también para todo esto el dilatar, y ampliar, entusiasmar, santificar, prosperar la vida paulina en las familias religiosas.

Se dice que la verdadera dilatación, el verdadero progreso, la verdadera expansión de las Congregaciones y de las Ordenes religiosas se han dado después de la muerte de sus Fundadores. Esto nos inspira mucha fe.

Honestamente debemos admitir que alguna equivocación hemos tenido. Pero, ¿quién no las ha cometido nunca? Quisiera agregar: ¿No ha sucedido también en la misma santa Iglesia? Debemos admitir honestamente que los discípulos, quiero decir nosotros, todos discípulos del P. Alberione, el Primer Maestro, no siempre hemos sabido actuar. O no hemos obrado siempre con esa soltura, con esa capacidad que requerían sus grandes ideas. Puede pasar. Pero quisiera decirles: esto es normal.

Recuerdo muy bien cuando salió: "La vida de Cristo" de Papini; encontré una expresión que me impresionó. Decía que muchas veces los discípulos de los grandes hombres, de los grandes fundadores, arruinan, o al menos empequeñecen la experiencia de estos grandes hombres - se refería al colegio apostólico.

Es necesario caminar despacio al dar juicios negativos sobre el pasado. Quisiera dirigirme en este momento sobre todo a los queridos jóvenes religiosos y a las queridas jóvenes religiosas para decirles que sí, algunas cosas se podían evitar, algunas cosas hacerla o tratarlas mejor, pero, sustancialmente el pensamiento del Primer Maestro - que ha permanecido con nosotros por 58 años - ha sido conocido, bien asimilado y no es necesario detenerse demasiado sobre algunos elementos negativos; porque de lo positivo no hay mucho y se ve. Sobre todo quisiera decir que: para evaluar el pasado es necesario recordar las circunstancias de espacio y de tiempo en la cual las cosas sucedieron: primero la gran guerra europea, después la gran crisis de 1925 a 1933, después la guerra de Etiopía, después la guerra mundial. Piensen un poco como vivíamos. Piensen, por ejemplo, en nuestros estudios. Después de un día de trabajo ininterrumpido, nos reunían en una pequeña cocina, donde era necesario estudiar, recitar las lecciones, mientras el Primer Maestro estaba haciendo el camino, mientras revolvía la polenta y contemporáneamente nos explicaba las lecciones de filosofía, de teología, de historia, etc.

Recuerden estas condiciones, ciertas necesidades en las cuales nos encontrábamos: piensen por ejemplo en el trabajo que debíamos hacer durante muchos años en la construcción de la Iglesia y de las casas. El quería que tuviésemos incluso un horno. Y muchos de nosotros y también de las Hermanas participábamos de los trabajos, recordamos muy bien  que quería decir preparar los ladrillos, hornearlos, tomarlos del horno y sacarlos, llevarlos a los pisos superiores de la Iglesia que se estaba levantando, y sobre los pisos de la casa.

Estas cosas las hacíamos con toda desenvoltura, nos parecía de hecho cosas extraordinarias. Ahora señoritos, señoritas, se lo digo con corazón fraterno: no olviden estas cosas. Igualmente quiero recordarles cuando se compró la tipografía milanesa. El P. Paolo ayer me recordaba como se había realizado la compra. Era una tipografía de Sexto San Juan que había ido a la quiebra. Eran casi veinte máquinas, y de éstas, algunas de gran formato. Nosotros mismos tuvimos que desmontarla pedazo a pedazo, después levantar aquellos cilindros pesados, aquellas partes de las máquinas, y llevarlas al camión y luego al tren; para luego descargarlos en Alba. Éramos una docena de muchachos entre los 20 y los 22 años y con nosotros estaba el Primer Maestro. No digo estas cosas para alabarnos, nos parecía como una diversión, una curiosidad. Recuerden entonces cuánto ha costado las cosas más ordinarias, ahora se vive casi de alquiler. Vivimos de alquiler sobretodo para la virtud, inteligencia, iniciativa, capacidad de nuestro Fundador, el cual supo infundir este entusiasmo.

Se trata de conservar en nuestros corazones estos recuerdos y hacer de ellos un tesoro. En este momento visito a nuestro Primer Maestro, con una esperanza de 58 años vividos con él, bajo su protección, podemos decir que ha sido verdaderamente grande, y que ha sido verdaderamente un gigante. Grande en su fe. El era el gran patriarca, padre de nuestra fe. Fe que ha recibido de Dios, de su palabra; fe es adhesión dócil, confiada a Dios; fe que es también tarea; fe que da seguridad. Nosotros sentimos seguridad cerca de él, porque él creía en Dios, él estaba seguro de Dios, "no teman, yo estoy con ustedes, desde aquí quiero iluminar". Esta fe él supo infundirla en sus hijos. No  perdamos esta fe, sino más bien alimentémonos de ella, seamos hijos de su fe. Creamos que el Señor está verdaderamente con nosotros, creamos que está en nosotros y que nos bendecirá.

Era el hombre de la sabiduría. Se puede decir de él que esperaba contra toda esperanza. No obstante las dificultades, no obstante los disgustos, no obstante las contradicciones, las incomprensiones. Ahora se puede decir que soólo nos queda aplaudir esta obra, pero en aquella época estábamos en guerra, sorda, subterránea. Decían: ¿El P. Alberione? Ese está loco. Lo he oído con mis orejas: "...él les engaña". De verdad había muchas dificultades. Algunas veces me decía a mí mismo, al observar ciertas cosas: ya se terminó, a este punto es necesario cerrar. Venía el Primer Maestro, nos infundía seguridad, entusiasmo. Nos decía: "no pequemos y estemos seguros que el Señor está con nosotros". Cuando nos tomó la famosa gripe, mal llamada la fiebre española cerca de 1916-19 era terrible, como la peste negra, el tiempo no alcanzaba para enterrar a los muertos de los pueblos. Nosotros como pollitos bajo las alas del Primer Maestro, estábamos tranquilos. El nos dijo solemnemente y con simplicidad, un día: "Les aseguro que si no se cometen pecados, ninguno morirá". Y así sucedió. Grande era su esperanza, estaba seguro que el Señor no falta nunca a sus promesas, cuando se ora. Porque ciertas gracias es necesario meritarlas. Es necesario también pedirlas.

Recuerdo hechos que hoy parecen increíbles. Muchas veces era necesario por la mañana recorrer media Alba para encontrar 50 liras para pagar una deuda.

Fue grande sobre todo en su amor a Dios, y se veía su amor a las almas, demostrado sobre todo con su creatividad apostólica.

Se podrían decir muchas otras cosas, pero para concluir les invito mientras tanto a esto: ofrezcamos sufragios por su alma porque si Dios en sus ángeles ve algunas manchas, imaginémonos si no las ve en los hombres. Nuestro deber es ofrecer sufragios; ofrezcamos las Santas Misas, oremos por él, recemos el rosario, continuemos en esto por mucho tiempo. Estamos seguros que ya está gozando de la luz del Paraíso. El era un hombre, defectos sin duda los tenía, pero, como justamente ha dicho nuestro Superior General, el largo sufrimiento de estos últimos años ciertamente lo han purificado, y más que abundantemente. Después recojamos en nuestro corazón todos los tesoros que nos ha dejado, hagámoslos vida en nuestra vida, meditémoslos. Entre las cosas que quería decirles está la siguiente, a costo de gastar medio minuto más. El fue uno que arrastraba, desde los primeros días nos ha casi - permítanme la expresión - empujado, nos ha conquistado. Es necesario que también sepamos conquistar a las almas, es necesario que sepamos hacer paulinos. También físicamente era de gran atracción: aquellos ojos, aquella mirada. Bastaba una mirada, bastaba una palabra para animarnos.

Ahora es necesario que sintamos dentro de nosotros mismo el fuego que él sentía. Me dirijo en estos momentos, permítanmelo, queridos animadores vocacionales y animadoras vocacionales, especialmente a ustedes: ¿Quieren arrastrar? Entonces, lo primero es llenarse de este fuego, verán que si están convencidos, lograran convencer; se los repito, llénense siempre cada vez más de este espíritu, de este amor a Jesús, de este amor a las almas, de este ideal paulino.

Y entonces veremos que después de la muerte llega la vida, después del invierno la primavera; recogeremos muchos frutos en proporción a nuestra adhesión al ideal, a las obras, al espíritu de nuestro querido padre y fundador.

   

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