 |
 |
 |
 |
En estos días
nosotros lloramos la muerte de nuestro venerado Padre y Fundador.
¿Cómo no debe llorar un hijo la muerte del padre?
¿Cómo no llora un amigo la muerte del amigo?
Entonces nos viene a la memoria las palabras del Evangelio, cuando nos narra
el pasaje aquel en que, llegando Jesús a la casa de Lázaro, preguntó a la
hermana dónde habían enterrado al hermano muerto. Le respondió: "Señor, ven y
veras". Jesús la siguió y llegó al sepulcro, su corazón se conmovió y lloró.
Lágrimas de Jesús.
He recibido de muchas personas peticiones para repetir, para recordar como fue
mi primer encuentro con el Primer Maestro.
Lo conocí el año de 1913. Tenía 12 años, estaba estudiando en el seminario
diocesano de Alba, donde él era director espiritual; como mis dificultades
para hacerme sacerdote eran notables, fui a verle, cuando me dijeron que podía
confiar en el Padre espiritual. Me quedé enseguida fascinado de su paternal
bondad, es más diría que casi materna. Me animó, y días más tardes me mandó a
llamar y me dijo: "¿Mira, vendrías conmigo? así podrás hacerte sacerdote".
"Sí", le respondí. Y sucedió que hacia el 20 del mes de agosto de 1914, dejé
mi pueblo, con un paquetico sobre mi espalda y, acompañado por mi hermana, a
pie, hicimos los 11 kms que nos separaban de Alba, nos dirigimos a la
dirección que él me había dejado.
Cuando llegamos, quedé sorprendido, no encontré a nadie. Acostumbrado al
seminario, pensaba que vería algunos muchachos como yo. Sin embargo nos vino a
abrir la puerta una muchacha pequeña pequeña, un poco jorobada, la cual me
dijo: "¿Eres el primero? Ven, ven, la cena está lista". De hecho era la hora
de la cena; me dio de comer un poco de arroz, después un huevo frito, y
mientras terminada la comida, llegó el señor Teólogo - es decir el P.
Alberione, el Primer Maestro -, justo cuando me estaba levantando de la mesa.
Fue tan sencillo, humilde, mi primer encuentro con él. El día siguiente por la
mañana vi llegar a otro muchacho: era el P. Tito Armani, (con un gran sombrero
en la cabeza, una corbata tipo mariposa como se usaba en esos tiempos) y
enseguida nos hicimos amigos.
Nuestra amistad nos estrechó siempre cada vez más, no obstante una cierta
diversidad de caracteres, bajo la mirada, la dirección del Primer Maestro, que
desde el primer día nos puso al corriente de lo que el Señor esperaba de
nosotros.
Esto es todo. Fíjense que no es una gran cosa. Fíjense que es una cosa
sencilla. Miren cómo bromea el Señor; no podía escoger elementos más modestos
para construir el gran edificio paulino, que hoy admiramos, extendido como
está en todo el mundo.
Cuando muere el padre, los hijos abren su testamento para saber lo que les ha
dejado. Los Padres de las almas hacen también esto en sus testamentos, hacen
un testamento espiritual. El Primer Maestro una vez dijo: "No les dejaré
solos, sino que les dejaré mi espíritu".
Sabemos lo que han dicho en estos días los periódicos. Lo llamaron:
"Apóstol del mundo moderno", lo ha demostrado con toda su vida
especialmente en estos 58 años de la fundación.
El Santo Padre ha telegrafiado recordando "los edificantes ejemplos se
quedaron en la preciosa memoria del difunto"; recuerda "el siervo bueno
y fiel de la Iglesia y de las almas" ; y dice a la Familia Paulina dar
"reverente, grato recuerdo por sus virtudes sacerdotales su sabia obra y su
celo apostólico"
He aquí aquel que hoy nosotros celebramos y que vemos delante de nuestros
ojos, con el alma separada del cuerpo, pero ciertamente muy cerca de Dios, y
al mismo tiempo muy cerca de nosotros. Su figura colosal, puede ser
considerada desde muchos puntos de vistas. Todos, uno más bello que el otro, y
realmente es difícil a uno como yo hacer una especie de síntesis de lo que se
puede decir de él. Entonces me conformo con darles solamente algunos
pensamientos.
¿Cómo veo al Primer Maestro en aquellos días, y en los primeros años, cómo
considero al Primer Maestro hoy que ha muerto, a la edad de 87 años,
precisamente después que nosotros nos hemos visto por más de medio siglo?
En aquellos momentos teníamos la impresión que fuese un ser extraordinario; ya
en esos tiempos nos parecía un gigante. Esa visión que teníamos de él continuó
siempre hasta hoy.
El comenzó desde la nada y llegó a grandes cosas. No debemos nunca sentirnos
triunfalistas. Saben que para el triunfalismo es necesario poner una piedra
sobre otra y no usarla más.
Nosotros sin embargo debemos reconocer la obra de Dios; reconocer que el Señor
nos ha hecho testigos, compañeros, discípulos de este hombre, el cual será
ciertamente considerado uno de los más grandes hombres de la historia. Será
sin duda reconocido entre los más grandes santos fundadores. Esta es nuestra
absoluta certeza y esta es nuestra oración al Señor, que se digne, para su
gloria, de exaltar a su siervo. Y sirva también para todo esto el dilatar, y
ampliar, entusiasmar, santificar, prosperar la vida paulina en las familias
religiosas.
Se dice que la verdadera dilatación, el verdadero progreso, la verdadera
expansión de las Congregaciones y de las Ordenes religiosas se han dado
después de la muerte de sus Fundadores. Esto nos inspira mucha fe.
Honestamente debemos admitir que alguna equivocación hemos tenido. Pero,
¿quién no las ha cometido nunca? Quisiera agregar: ¿No ha sucedido también en
la misma santa Iglesia? Debemos admitir honestamente que los discípulos,
quiero decir nosotros, todos discípulos del P. Alberione, el Primer Maestro,
no siempre hemos sabido actuar. O no hemos obrado siempre con esa soltura, con
esa capacidad que requerían sus grandes ideas. Puede pasar. Pero quisiera
decirles: esto es normal.
Recuerdo muy bien cuando salió: "La vida de Cristo" de Papini; encontré una
expresión que me impresionó. Decía que muchas veces los discípulos de los
grandes hombres, de los grandes fundadores, arruinan, o al menos empequeñecen
la experiencia de estos grandes hombres - se refería al colegio apostólico.
Es necesario caminar despacio al dar juicios negativos sobre el pasado.
Quisiera dirigirme en este momento sobre todo a los queridos jóvenes
religiosos y a las queridas jóvenes religiosas para decirles que sí, algunas
cosas se podían evitar, algunas cosas hacerla o tratarlas mejor, pero,
sustancialmente el pensamiento del Primer Maestro - que ha permanecido con
nosotros por 58 años - ha sido conocido, bien asimilado y no es necesario
detenerse demasiado sobre algunos elementos negativos; porque de lo positivo
no hay mucho y se ve. Sobre todo quisiera decir que: para evaluar el pasado es
necesario recordar las circunstancias de espacio y de tiempo en la cual las
cosas sucedieron: primero la gran guerra europea, después la gran crisis de
1925 a 1933, después la guerra de Etiopía, después la guerra mundial. Piensen
un poco como vivíamos. Piensen, por ejemplo, en nuestros estudios. Después de
un día de trabajo ininterrumpido, nos reunían en una pequeña cocina, donde era
necesario estudiar, recitar las lecciones, mientras el Primer Maestro estaba
haciendo el camino, mientras revolvía la polenta y contemporáneamente nos
explicaba las lecciones de filosofía, de teología, de historia, etc.
Recuerden estas condiciones, ciertas necesidades en las cuales nos
encontrábamos: piensen por ejemplo en el trabajo que debíamos hacer durante
muchos años en la construcción de la Iglesia y de las casas. El quería que
tuviésemos incluso un horno. Y muchos de nosotros y también de las Hermanas
participábamos de los trabajos, recordamos muy bien que quería decir preparar
los ladrillos, hornearlos, tomarlos del horno y sacarlos, llevarlos a los
pisos superiores de la Iglesia que se estaba levantando, y sobre los pisos de
la casa.
Estas cosas las hacíamos con toda desenvoltura, nos parecía de hecho cosas
extraordinarias. Ahora señoritos, señoritas, se lo digo con corazón fraterno:
no olviden estas cosas. Igualmente quiero recordarles cuando se compró la
tipografía milanesa. El P. Paolo ayer me recordaba como se había realizado la
compra. Era una tipografía de Sexto San Juan que había ido a la quiebra. Eran
casi veinte máquinas, y de éstas, algunas de gran formato. Nosotros mismos
tuvimos que desmontarla pedazo a pedazo, después levantar aquellos cilindros
pesados, aquellas partes de las máquinas, y llevarlas al camión y luego al
tren; para luego descargarlos en Alba. Éramos una docena de muchachos entre
los 20 y los 22 años y con nosotros estaba el Primer Maestro. No digo estas
cosas para alabarnos, nos parecía como una diversión, una curiosidad.
Recuerden entonces cuánto ha costado las cosas más ordinarias, ahora se vive
casi de alquiler. Vivimos de alquiler sobretodo para la virtud, inteligencia,
iniciativa, capacidad de nuestro Fundador, el cual supo infundir este
entusiasmo.
Se trata de conservar en nuestros corazones estos recuerdos y hacer de ellos
un tesoro. En este momento visito a nuestro Primer Maestro, con una esperanza
de 58 años vividos con él, bajo su protección, podemos decir que ha sido
verdaderamente grande, y que ha sido verdaderamente un gigante. Grande en su
fe. El era el gran patriarca, padre de nuestra fe. Fe que ha recibido de Dios,
de su palabra; fe es adhesión dócil, confiada a Dios; fe que es también tarea;
fe que da seguridad. Nosotros sentimos seguridad cerca de él, porque él creía
en Dios, él estaba seguro de Dios, "no teman, yo estoy con ustedes, desde aquí
quiero iluminar". Esta fe él supo infundirla en sus hijos. No perdamos esta
fe, sino más bien alimentémonos de ella, seamos hijos de su fe. Creamos que el
Señor está verdaderamente con nosotros, creamos que está en nosotros y que nos
bendecirá.
Era el hombre de la sabiduría. Se puede decir de él que esperaba contra toda
esperanza. No obstante las dificultades, no obstante los disgustos, no
obstante las contradicciones, las incomprensiones. Ahora se puede decir que
soólo nos queda aplaudir esta obra, pero en aquella época estábamos en guerra,
sorda, subterránea. Decían: ¿El P. Alberione? Ese está loco. Lo he oído con
mis orejas: "...él les engaña". De verdad había muchas dificultades. Algunas
veces me decía a mí mismo, al observar ciertas cosas: ya se terminó, a este
punto es necesario cerrar. Venía el Primer Maestro, nos infundía seguridad,
entusiasmo. Nos decía: "no pequemos y estemos seguros que el Señor está con
nosotros". Cuando nos tomó la famosa gripe, mal llamada la fiebre española
cerca de 1916-19 era terrible, como la peste negra, el tiempo no alcanzaba
para enterrar a los muertos de los pueblos. Nosotros como pollitos bajo las
alas del Primer Maestro, estábamos tranquilos. El nos dijo solemnemente y con
simplicidad, un día: "Les aseguro que si no se cometen pecados, ninguno
morirá". Y así sucedió. Grande era su esperanza, estaba seguro que el Señor no
falta nunca a sus promesas, cuando se ora. Porque ciertas gracias es necesario
meritarlas. Es necesario también pedirlas.
Recuerdo hechos que hoy parecen increíbles. Muchas veces era necesario por la
mañana recorrer media Alba para encontrar 50 liras para pagar una deuda.
Fue grande sobre todo en su amor a Dios, y se veía su amor a las almas,
demostrado sobre todo con su creatividad apostólica.
Se podrían decir muchas otras cosas, pero para concluir les invito mientras
tanto a esto: ofrezcamos sufragios por su alma porque si Dios en sus ángeles
ve algunas manchas, imaginémonos si no las ve en los hombres. Nuestro deber es
ofrecer sufragios; ofrezcamos las Santas Misas, oremos por él, recemos el
rosario, continuemos en esto por mucho tiempo. Estamos seguros que ya está
gozando de la luz del Paraíso. El era un hombre, defectos sin duda los tenía,
pero, como justamente ha dicho nuestro Superior General, el largo sufrimiento
de estos últimos años ciertamente lo han purificado, y más que abundantemente.
Después recojamos en nuestro corazón todos los tesoros que nos ha dejado,
hagámoslos vida en nuestra vida, meditémoslos. Entre las cosas que quería
decirles está la siguiente, a costo de gastar medio minuto más. El fue uno que
arrastraba, desde los primeros días nos ha casi - permítanme la expresión -
empujado, nos ha conquistado. Es necesario que también sepamos conquistar a
las almas, es necesario que sepamos hacer paulinos. También físicamente era de
gran atracción: aquellos ojos, aquella mirada. Bastaba una mirada, bastaba una
palabra para animarnos.
Ahora es necesario que sintamos dentro de nosotros mismo el fuego que él
sentía. Me dirijo en estos momentos, permítanmelo, queridos animadores
vocacionales y animadoras vocacionales, especialmente a ustedes: ¿Quieren
arrastrar? Entonces, lo primero es llenarse de este fuego, verán que si están
convencidos, lograran convencer; se los repito, llénense siempre cada vez más
de este espíritu, de este amor a Jesús, de este amor a las almas, de este
ideal paulino.
Y entonces veremos que después de la muerte llega la vida, después del
invierno la primavera; recogeremos muchos frutos en proporción a nuestra
adhesión al ideal, a las obras, al espíritu de nuestro querido padre y
fundador.
|