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Aquella
noticia que todos nos esperábamos según la ley inexorable del camino de cada
criatura humana hacia la muerte, pero que el afecto nos hacía esperar siempre,
desgraciadamente ha llegado el viernes pasado: el P. Santiago Alberione ha
pasado a mejor vida.
El Señor Teólogo, el Primer Maestro, el Fundador, el Padre espiritual de miles
de hijos e hijas no está ya entre nosotros con su cuerpo, con su organismo ya
consumado por los 87 años de vida llena de un trabajo intensísimo, llena de
preocupaciones y sufrimientos.
Desde todos los continentes hoy innumerables corazones se han dirigido a la
Ciudad eterna, donde él ya falta; hacia aquella cripta que recibirá sus restos
mortales y desde ahora en adelante se convertirá en meta de peregrinajes;
hacia aquel lugar escogido por él, el mismo lugar que según la tradición
indica como el lugar del martirio de S Pablo: S. Pablo, en el cual él siempre
se inspiró.
Pero delante a este luto de las familias paulinas, el gran público, ignorante
de muchos eventos, se preguntarán ¿"pero aún estaba vivo"?. El interrogante es
motivado por dos circunstancias: antes que nada por que desde hacía tiempo no
se escuchaba hablar de él; por el otro los Institutos por él fundados son tan
extensos y numerosos que parecen institutos de mucho tiempo.
Y así ha sido: desde hace años él se había retirado en su desierto espiritual,
en el silencio, oración y sufrimiento, según aquel que parece el estilo de los
grandes espíritus y sobre todo de los grandes Fundadores.
Ha sido en el silencio de una gélida noche invernal que trascurrió en nuestra
Catedral de Alba cuando el Espíritu le hizo el don de sus carismas; y aún en
el silencio y en la oración él ha trascurrido sus últimos años, implorando los
mismos carismas sobre sus propios hijos espirituales, en un período histórico
que marca caminos profundos en la vida de la Iglesia, y en los cuales es fácil
equivocarse de camino o tomar mal el arado. La providencia ha dispuesto que
restase en vida hasta que los Institutos fundador por él tuviesen encaminados
los Capítulos especiales que, según el Concilio, deben señalar nuevas etapas
para el futuro.
Ha desaparecido la semilla, la cual trasmite su fuerza vital a la platita y,
cuando ésta está bien fuerte, se disuelve.
Nosotros nos encontramos en esta Iglesia, que él ha querido como Iglesia. De
hecho, ante de él hubo iniciativas privadas en el sector de la actividad, pero
faltaban los Institutos religiosos dedicados totalmente a ello.
El ha precedido con 50 años de anticipación al Concilio Vaticano II, en el
cual el Decreto "Inter mirifica" por su parte es considerado un poco la
cenicienta de los documentos conciliares. El P. Alberione ha visto bien, el
momento justo; previó el inmenso bien que podía hacer, y pasó decididamente a
la acción la cual es la que cuenta en la vida, también de la Iglesia.
En la fotografía su mirada ha esperado y sus labios están semicerrados, con un
comportamiento de admirada atención y de profunda oración.
Estas han sido las características de su vida espiritual, heredada por sus
hijos, tenaz y laboriosa y religiosa. Vivir intensamente, firmemente querer;
buscar con calma, para escoger la mejor solución; encontrarla, dedicarse
totalmente a realizarla, con constante tenacidad y con mucha oración. Este era
su ideal de conducta.
La primera idea de su apostolado había nacido en la oración: el camino le
había sido indicado con claridad. Para otro proyecto o idea, él habría siempre
recorrido los caminos. "Recuerden -siempre decía- que se va adelante a golpes
de rosario y con horas de adoración".
Lo aprendió de otra alma albés, el Can. Chiesa, al cual le había unido la
amistad. Este, en el 50 aniversario de su ordenación, había confiado en
secreto: fidelidad a dos horas de adoración cotidiana delante al Divino
Maestro, presente en la Eucaristía. Y es así como él ha fundado sus Institutos,
reuniendo a su alrededor hoy más de 6.000 almas consagradas, en un creciente
maravillosos que no puede no admirarse, cuando se ven Congregaciones viejas de
siglos o desaparecer o agonizantes. Esta es la verdadera herencia espiritual
que él ha dejado a la Iglesia: no solamente las casas, los templos y los
instrumentos tipográficos, sino más bien estas almas que se sirven de los
medios materiales indispensables para hacer el bien en un sector vital para la
Iglesia. El Papa, visitándolo antes de morir, no sólo cumplido con un gesto de
benevolencia, sino también manifestó la gratitud de la Iglesia.
El P. Alberione continúa la serie de los grandes sacerdotes piemonteses, como
Don Bosco, el Cottolengo y Murialdo.
El ha querido dejar a sus familias espirituales además de sus ejemplos, otra
herencia: las figuras de algunos entre aquellos que lo habían seguido desde
los comienzos que habían entendido y realizado mejor el auténtico espíritu
paulino, el cual lo entendía. Por este motivo ha querido que fuesen comenzadas
las causas de beatificación del P. Giaccardo, Maggiorino Vigolungo, el Hermano
Borello y M. Tecla.
* * *
Pienso el don
más agradable y la correspondencia más filial que las diversas familias
paulinas pueden ofrecer a su Fundador sea la fidelidad sincera y, si el caso
lo amerita, su espíritu paulino.
Además el Concilio Vaticano II indica en la "conservación fiel del propio
espíritu" uno de los medios de renovación.
El espíritu paulino, a pesar de su modestia en las formas exteriores,
profundiza las raíces en el Evangelio, y en la conformidad a Cristo: el Cristo
pobre, humilde, virgen y crucificado. Un cristo conformado diversamente no
sería aquel del Evangelio.
Para el P. Alberione llegó el evento del cual habla el Evangelio de este
primer domingo de Adviento: la segunda venida de Jesús, que para cada hombre
viene anticipada en la muerte y el juicio. El se ha presentado delante del
Juez con las manos llenas de obras buenas.
Al ofrecer sufragios por su alma elegida, oramos para que sus ejemplos
constituyan, ante todo para los miembros de sus Institutos - los cuales cada
vez más descubran los tesoros de su herencia - y también para todos nosotros
un ejemplo y un modelo de cómo asumir la fe de nuestros deberes cotidianos, en
el amor a Dios y a los hermanos.
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